UNA MAÑANA EN PARÍS

23 may

“América ha dado solamente tres grandes escritores: Mark Twain, J.D. Salinger y yo.”

Jonathan Flynn.

 

            Miré alrededor mío y supe que estaba en París. Supe también que esperaba a alguien, aunque desconocía quién era esa persona. Me encontraba en una pequeña plaza, sentado en un banco. Mi mano derecha sostenía un libro y la izquierda descansaba en mi bolsillo a causa del frío. De pronto pasó un transeúnte que atrajo mi atención. Su ropa estaba destrozada por el paso de los años y portaba una maleta de cartón con lo que parecían ser sus únicas pertenencias. Su pelo, largo y canoso, asomaba bajo un sombrero de plástico; la barba era también canosa e igualmente descuidada. Saltaba a la vista que aquel hombre había pasado una larga temporada en la calle. Aparentaba tener entre 65 y 70 años, aunque es probable que fuera más joven. A pesar de no haberle visto nunca antes, tenía exactamente la cara y el aspecto con los que yo lo imaginaba, por lo que supe de inmediato que era Jonathan Flynn, el antihéroe del libro “Otra mierda de noche en esta puta ciudad”. Intentaba sin éxito protegerse del frío cubriéndose el cuello con su raído abrigo. De pronto, una ráfaga de viento proveniente de un conducto de respiración del metro, abrió su maleta. Además de algunas prendas de ropa, salieron volando unos cuántos folios. Quiso la casualidad que uno de ellos viniera a parar a mis pies. Me agaché a recogerlo y mis ojos curiosos volaron a las palabras escritas en la parte superior: “LA GRAN NOVELA AMERICANA, por Jonathan Flynn”. El resto del folio estaba en blanco. Por alguna razón, me estremecí al leer esa frase. Jonathan, por su parte, trataba de juntar el resto de sus pertenencias con ayuda de un viandante que se había detenido al ver lo ocurrido. Se trataba de un hombre de unos 50 años, baja estatura, traje marrón bien planchado, gafas de montura gruesa y una pipa en la boca. No me costó reconocerle: era el filósofo francés Jean-Paul Sartre. Al acercarme a devolverle el folio, vi que se había establecido entre ambos una conversación. Hablaban un perfecto español y era evidente que ninguno de los dos sabía quién era el otro. Empezaron intercambiando frases de cortesía del tipo: “¿Es usted de París?” o “¿y qué trae a un americano a esta ciudad?”. Jonathan trataba a Sartre con un respeto excesivo, viendo seguramente en él a un parisino rico al que sablear unos cuantos euros. Por su parte, Sartre debió de sentir una mezcla de curiosidad y lástima por aquel mendigo, al que decidió invitar a tomar un café. Jonathan fingió mirar un reloj que no tenía y contestó que “aunque tenía un compromiso importante en una hora, sería un placer aceptar la invitación”. Decidí que no podía perderme aquella insólita conversación y, reuniendo un valor del que carezco en el día a día, les pregunté si podía unirme a ellos. Recibí el silencio por respuesta: para ser más precisos ni siquiera me miraron. Tras unos pocos segundos, mi nerviosismo inicial dio paso a la indignación. “¡Al menos podríais contestar algo! –les grité fuera de mí”. Al ser ignorado nuevamente, comprendí lo que ocurría. Yo no existía para ellos. No hablo en sentido metafórico, sino literal: era un ser invisible.  Si quería tomar parte en la conversación, tendría que ser como espectador. Aun así decidí seguirles.

            Entramos en una cafetería típicamente parisina. Estaba situada en la esquina de dos grandes bulevares y dentro había una gran variedad de personas: desde familias merendando y parejas tomando café, hasta tipos solitarios leyendo el periódico. Nos sentamos en una mesa junto a una ventana y pidieron dos cafés. Todo el mundo se giraba para ver al eminente filósofo. Por otro lado, nadie reconocía a Jonathan Flynn. En cuanto a mí, era invisible para todos ellos.

            Mientras colgaba su abrigo en la silla, Jonathan preguntó: “¿Y a qué se dedica usted?”. Sartre respondió que era escritor, lo que hizo que a Jonathan se le iluminaran los ojos. “¡Será posible lo que oigo! –exclamó entusiasmado-. ¡Yo también soy escritor!”. La mirada que le lanzó Sartre fue de gran escepticismo. Sin embargo, Jonathan no se percató, pues se hallaba demasiado ocupado sacando folios de su maleta. Todos ellos tenían la misma inscripción en la parte superior: “LA GRAN NOVELA AMERICANA, por Jonathan Flynn”. A continuación seguían algunas líneas que parecían distintos intentos de iniciar la novela.

            -¿Esto es todo lo que tienes? –preguntó Sartre mientras ojeaba los papeles.

            -Mi novela está escrita aquí –contestó Jonathan golpeándose la sien con el dedo índice de la mano derecha–. He ido acumulando toda una vida de experiencias y el libro lleva décadas escribiéndose en mi cabeza. Va a ser una novela autobiográfica que abarque mi vida y mis reflexiones. ¡Tengo tantas cosas que decir al mundo! En cuanto tenga la oportunidad de ponerme frente a una máquina de escribir, sé que las palabras van a brotar solas. Será una obra maestra: “La gran novela americana”.

            Dijo todo esto con gran arrogancia y seguridad en sí mismo. No había duda de que, con discursos de ese tipo, había impresionado a muchas personas a lo largo de su vida. En lo que respecta al filósofo, ni siquiera se inmutó.

            -Siento ser aguafiestas –respondió- pero, en mi opinión, escribir es lo único que convierte a alguien en escritor. Hasta ahora eres muchas cosas, pero no escritor.

            Un camarero interrumpió momentáneamente la conversación para traer los cafés.

            -Es un placer tenerle en nuestra modesta cafetería, Monsieur Sartre –dijo.

            -Bueno –prosiguió Jonathan en cuanto el camarero desapareció de la mesa-, estoy de acuerdo en que un escritor que se precie tiene que escribir, pero mi caso es un poco especial. La verdad es que las circunstancias no me han sido propicias. Seguramente no sepas lo que es vivir en la calle durante años; o que tu propio hijo escriba un libro contándole a todo el mundo lo mal padre que eres. El destino se ha burlado de mí constantemente. Por ejemplo, hubo una época en que viví en un piso financiado por el Estado. Durante meses me dediqué a darle forma a la novela y, ¡qué irónica puede llegar a ser la vida! Justo el día en que iba a ponerme a escribir, me echaron de la casa. Desde entonces he llevado un tipo de vida bastante incompatible con la escritura. Henry Miller dice que un hombre puede dormir en cualquier lado, pero que para escribir necesita un lugar apropiado.

            -Henry Miller sí es escritor –respondió Sartre secamente-, y tú podrías haber empezado a escribir, por ejemplo, en el momento en que entraste en ese piso, pero decidiste no hacerlo.

            -¿Qué decidí no…? –dijo Jonathan, quien empezaba a estar visiblemente molesto-. Tú no puedes entenderlo. Apuesto a que has llevado una vida cómoda desde pequeño. No tienes ni idea de todo lo que yo he sufrido…

            -Incluso en el supuesto de que eso fuera cierto, no estamos hablando de sufrir, sino de escribir. No pongo en duda que habrás llevado una vida dura, sólo digo que no es lo que nos atañe. No puedes ampararte en tus circunstancias vitales. Como sabrás, muchos escritores consiguieron escribir en las circunstancias más adversas. Por citar sólo un ejemplo, el Marqués de Sade escribió una novela desde la cárcel, en un rollo de papel higiénico. Dicen también que escribía en las paredes de la celda con su propia sangre. Lo tenía muy fácil para haber culpado a las circunstancias, pero no lo hizo. Cada hombre se define a cada instante a través de sus elecciones. El Marqués de Sade eligió escribir: por eso es escritor.

            -Bueno, es cierto que a día de hoy no tengo mucho escrito pero, ¿quién te dice que en un año no escribiré una gran novela?

            -Cuando eso ocurra, no tendré ningún problema en reconocértelo. También puede que Henry Miller o yo mismo escribamos el año que viene nuestro mejor libro. Sólo digo que un ser humano que quiera ser juzgado como escritor, debe serlo única y exclusivamente por lo que ha escrito, y no por lo que quizás llegue a escribir.

            Se hizo el silencio. A Jonathan le temblaban las manos al llevarse el café a los labios. Su voz también temblaba. La desenvoltura y fanfarronería con la que se había expresado al principio, habían dado paso a la inseguridad, que manifestaba en forma de ira.

            -¡Algún día publicaré mi libro y tendrás que tragarte tus palabras! –gritó.

            Las dos personas de la mesa de al lado se giraron. Uno de ellos amagó incluso con levantarse. Sartre les hizo un gesto con la mano, indicándoles que la situación estaba bajo control. Jonathan respiró hondo y siguió hablando.

            -Bueno, cambiemos de tema- dijo más calmado-. Hay algo importante de lo que no hemos hablado aún. Me refiero al talento. Yo sé que tengo talento y mucha gente me ha dicho que si fuera un poco más constante… No puedes negarme que el talento existe, independientemente de que se escriba o no…

            Su tono de voz se había vuelto suplicante. Parecía estar diciendo: “No destroces también este pilar que ha sustentado mi vida hasta ahora”.

            -Tampoco estoy de acuerdo con eso –respondió Sartre, manteniéndose inflexible-. El único talento que existe es el que queda expresado en la propia obra de arte. Sin obra de arte el talento es meramente potencial.

            -¿Quieres decir que…? –no terminó la frase.

            Se levantó de la silla y se encaminó hacia la puerta sin despedirse. El filósofo, que permanecía sentado, le gritó: “La realidad es lo único que cuenta; los sueños, esperanzas y esperas sirven para definir a un hombre sólo como sueños frustrados, esperanzas abortadas, esperas inútiles; es decir, le definen negativamente, no positivamente”. Citó dicho fragmento de “El existencialismo es un humanismo” tal y como yo lo tenía memorizado, palabra por palabra. En cuanto a Jonathan, no pensé que en su estado fuera capaz de escuchar nada. La gente de la cafetería empezó a aplaudir. Fue una escena de una crueldad indescriptible.

            Jonathan salió del bar y yo fui tras él. Caminaba con la maleta en la mano, despacio, cabizbajo, dando patadas a objetos que encontraba por el suelo. Cuando se detuvo junto a uno de los puentes del Sena, un escalofrío me recorrió la espalda. Respiré aliviado al ver que bajaba por unos peldaños de metal incrustados en la pared. Se sentó junto al río, con las piernas flexionadas y sujetas entre los brazos. Miraba al infinito, absorto en unas reflexiones que yo desconocía. Se mantuvo en esa posición durante lo que me parecieron veinte minutos, aunque no puedo precisarlo con exactitud, ya que el tiempo transcurría de un modo extraño aquella mañana.

            De pronto se levantó. A dos metros de nuestra posición, había una barra de hierro en la que yo no había reparado. Fue directo hacia ella y la cogió. Se colocó en la parte inferior del puente y, sujetando la barra con ambas manos, empezó a escribir. La barra se incrustaba en la dura roca como si se tratase de arcilla. Gravó dos frases, una debajo de la otra.

            Desgraciado el que eligió una vida sin sueños

            Desgraciado el que murió sin luchar por ellos

            Dejó la barra en el suelo y subió por la escalerilla. Se apoyó en la barandilla del puente con la vista fija en las congeladas aguas del Sena. Aunque yo sabía lo que iba a ocurrir, no pude hacer nada para evitarlo.

            La fina capa de hielo crujió al sentir el impacto del cuerpo. La maleta aguantó unos segundos más, flotando sobre un pequeño bloque. Finalmente se hundió también.

ENSAYO SOBRE EL ASCO Nº2

20 may

- Próxima estación, Vodafone Sol.

Me esfuerzo en abrir los párpados y en mirar alrededor para intentar comprender qué está pasando pero una luz blanca, artificial, me ciega. Oigo golpes rítmicos, secos, metálicos; con cada uno de ellos el lugar en el que me encentro se bambolea de lado a lado. Creo que lo he vuelto a hacer, me he vuelto a quedar dormido antes de llegar a casa. Bueno, al menos esta vez no es en el banco de un parque sino en un vagón de metro, estoy más seguro aquí. Trato de recordar cómo he llegado hasta esta situación pero no hay manera. No tengo recuerdos próximos que me relacionen con este lugar. Lo que está claro es que estoy borracho y mis amigos no están conmigo.

Poco a poco, las pupilas se van acostumbrando a la luz y veo que el vagón, que cada vez se mueve más bruscamente, está lleno de pasajeros. No puedo fijar la vista en ninguno de ellos porque me mareo con tanto traqueteo y tanto alcohol en sangre. ¡Mierda! No lo voy a conseguir, no voy a aguantar hasta la próxima parada. La cabeza me pesa tanto que no puedo aguantarla erguida, se mueve de arriba a bajo y de derecha a izquierda sin control. Voy a joderles el viaje a los del vagón. Aprieto los dientes y trato de concentrarme para que no pase lo inevitable, pero lo inevitable siempre pasa si uno cree que es inevitable. La saliva se vuelve amarga y entonces sé que no quedan más que unos poco segundos para que vomite. Me agarro al pasamanos del asiento con las pocas fuerzas que me quedan y me inclino sobre él. El estómago, el esófago y la garganta se contraen brutalmente; abro la boca todo lo que mis mandíbulas dan de sí pero no sale nada. Un momento de descanso; el cuerpo se relaja, respira, a la espera de la siguiente arcada, que llega de inmediato. Ahora sí. La mayor parte de un líquido transparente, viscoso, se desparrama por el suelo; la otra parte, aún me cuelga en la boca. Llega una nueva contracción aún más dolorosa que la anterior que hace que expulse una cantidad inmensa del mismo líquido. Me duele todo, noto las venas del cuello a punto de estallar, los pulmones disminuidos y un cosquilleo invade mis manos y mis pies. Una última arcada en la que ya no sale nada y por fin los músculos se destensan. Escupo los restos que me quedan en la boca y busco en los bolsillos un clínex que no tengo. Me limpio con la mano las babas y los mocos que siguen pegados a mi cara y los tiro al suelo. La mano la limpio en el pantalón a falta de algo mejor.

Me recuesto de nuevo en el asiento, me encuentro mejor, aliviado físicamente, las fuerzas y la claridad mental van regresando. Mi problema ahora es salir de aquí lo antes posible, dejar en paz de una vez a la gente que viaja en el vagón, pero las paradas no llegan, el tren no se detiene.

En los asientos de enfrente están sentadas dos chicas jóvenes que se besan y se acarician con ternura. A su lado hay un gordo en chándal azul con gesto pervertido que no les quita la vista de encima. A ninguno de ellos parce importarles la pota que recorre de punta a punta el suelo del vagón. Las chicas son guapas aunque aparentan ser muy jóvenes, dieciséis o diecisiete años. Un poco pronto para tenerlo tan claro y tan público. Una de ellas es rubia y lleva una minifalda verde tan corta que se le ven las bragas rosas. La otra es bastante más mayor de lo que en principio me había parecido, ronda la treintena. Tiene el pelo corto, castaño, muy bonito. Me recuerda a la hermana de una de mis exnovias… ¡Pero si es ella! ¡Y se está liando con una chica! Interesante. ¿Lo habrá dejado con el novio? Qué más da, están muy buenas. ¿Aceptarán a un tercero? La de más edad baja la mano hasta meterla dentro de las bragas rosas de la rubia, ésta tensa el cuello y levanta la cabeza suspirando de placer. ¡Joder, cómo se está poniendo la cosa de buena! En ese momento me doy cuenta de que tengo la polla dura y que me la estoy agarrando fuertemente con la mano derecha por fuera del vaquero. Me pregunto si querrán un poco estas chicas.

El gordo de gesto pervertido se ha metido la mano dentro del pantalón y se la está cascando, con la otra mano le toca una teta a la rubia. ¡Joder, qué cabrón! ¡Qué pinta de cerdo! ¿Tendré yo esa misma pinta también? Bueno, en cualquier caso le daría una buena paliza. Me miro la mano con la que me agarro la polla y veo que lo que ahora aprieto entre los dedos es un enorme revolver plateado que destella. Mi polla se ha transformado en un arma de fuego gigante. Da qué pensar. La pistola pesa mucho así que si no tiene balas le atizaré con ella en la cabeza al gordo. Todo lo que conozco sobre revólveres lo he aprendido en el cine, no sé si sabré disparar. Apunto al pervertido a la cabeza y con el pulgar trato de llevar hacia atrás la clavija, que creo que se llama martillo, pero está muy duro y no lo consigo. Bajo el revolver y me ayudo con ambas manos para lograrlo. Vuelvo a apuntar al gordo, que sigue sin percatarse de que va a morir, y le disparo en toda la cara. Le explota la cabeza como si hubiese sido dinamitada. ¡Mierda! Hay sangre, cachos de cerebro y de cráneo por todas las paredes del vagón. Del cuello del gordo sin cabeza sale un chorro de sangre a presión, como un surtidor, que se mezcla en el suelo con mi vómito. Las chicas están empapadas en sangre pero siguen a lo suyo… ¡Y el gordo también! Sigue pajeándose y metiéndole mano a la rubia como si nada. Me levanto de mi asiento indignado y le pego cuatro tiros más en el pecho. Pero da igual, el tío ni se inmuta. Esta vez le apunto a la polla y se la reviento con un par de tiros. Ahora sí. Ya no se mueve pero ahí sentado me estorba. Le cojo de uno de los pies y le arrastro por el pasillo, alejándolo un par de metros. Después me giro hacia las chicas, se están desnudando la una a la otra en una frenética pasión pasada por sangre y vómito. Ya no hay vuelta atrás, la he liado a lo grande. O todo esto es un sueño o me queda poco tiempo de vida, así que hacia delante, hasta el fin con lo que sea que esté ocurriendo. Me desnudo y les pongo la polla en la cara. Las dos paran de besarse y me miran con desagradable sorpresa. No me inmuto, me quedo ahí parado, agarrándome hasta que entiendan que nos apetece a los tres. ¡Y claro que nos apetece! Dos segundos después la rubia está probando mi polla mientras la hermana de mi exnovia le chupa las tetas. ¡Qué pelo corto tan bonito tiene! Se lo acaricio y un impulso crece en mi pecho hasta sofocarme. ¡Tengo que metérsela cuanto antes! Aparto a la rubia y levanto a la otra, la pongo de espaldas y con la polla busco entre sus nalgas un agujero húmedo en el que entrar. Sé que está ahí esperándome pero por más que lo intento… En ese momento el tren llega a una estación llena de gente esperando para subirse. ¡Joder! ¿Y ahora qué? Las puertas se abren y la sangre sale a chorros por ella. Hay gritos de pánico y carreras. ¡Mierda y más mierda! ¿Qué cojones hago yo ahora? Ya no me apetece estar aquí, no quiero enfrentarme a las consecuencias de lo que he hecho. Estoy de pie delante de decenas de personas en estado de pánico, desnudo, empalmado, cubierto de sangre coagulada y con un revolver entre mis ropas. No me queda otra que tomar de nuevo el arma y volarme la cabeza. Me meto el cañón en la boca y aprieto el gatillo sin pensármelo más, se escucha un chasquido, no hay detonación, ya no quedan balas.

Abro los ojos y veo en las alturas el lavabo de mi casa. Estoy tendido en el suelo de mi cuarto de baño utilizando la taza del váter como almohada una vez más. Me invade una sensación de alivio y confort y no sé a qué se debe. Algo que me estaba oprimiendo, casi asfixiando, se acaba de marchar y no recuerdo qué es lo que era, aunque qué más da lo que fuese, ahora estoy de puta madre. Bueno, la verdad es que tengo la mano dentro del váter sumergida en un líquido negro y viscoso en el que flotan trozos casi enteros de macarrones. Estoy seguro de que tiene relación con lo que he comido y bebido en las últimas horas. El líquido creo que es kalimocho y whisky y los macarrones hablan por sí solos. Sin cambiar de postura, saco la mano del agujero del váter y busco a tientas la cadena de la cisterna. Un agua fresca y cristalina arrastra hacia el mar parte de mis miserias. Con ese agua purificadora que corre velozmente me lavo la mano manchada de bilis y, seguidamente, la cara impregnada de vómito seco. Puede que mi váter sea un agujero inmundo pero en este momento es mi salvavidas. Vuelvo a tirar de la cadena y repito el proceso de lavado. Tengo el rostro empapado y fresco, noto como voy recobrando fuerzas para levantarme. Con una mano en el canto de la bañera y otra en la taza del retrete consigo ponerme en pie. Tomo aire y desde ahí hago un salto al vacío, suelto a la vez las manos de los apoyos en los que estaban y paso a colocarlas directamente al lavabo. No me he caído, estoy mejor de lo que pensaba. Abro el grifo y me lavo la cara de nuevo. No noto diferencia respecto al agua del váter. Levanto la cabeza y me miro al espejo, directamente a los ojos. Y lo vuelvo a ver, ahí está, ha regresado, o mejor dicho, nunca se fue. Lo veo claramente, no se está escondiendo, se muestra tal y como es, y me asusta que esté dentro de mí. Creo que siempre he sabido que está ahí dentro, lo que ocurre es que en este momento tengo las agallas suficientes como para mirarle directamente a los ojos o, mejor dicho, tengo las agallas suficientes como para dejar que él me observe sin excusas, sin intermediarios, para que me diga lo que tiene que decirme, ahora no puede dañarme, no le tengo miedo así que puedo enfrentarme a él. Y él no me rehúye, me mira fijamente, entrando a través de las pupilas. Yo tampoco le rehúyo y le invito a pasar. ¡Oh, se está riendo! ¡Riendo de mí! Pues que se ría, yo me reiré con él. No voy a dejar de mirar esos ojos profundos, infinitos, en los que penetro como en un pozo sin fondo. Sé que voy hacia la nada pero creo que puedo hacerlo, creo que no podrá conmigo.

- ¿Quieres ver lo que eres? ¿Lo que realmente eres? ¿Estás seguro, Miguel?- Me pregunta con un tono de voz que no sé distinguir si es irónico o condescendiente.

- Claro que quiero.- Sé que tengo que ser firme, que no pedo vacilar pero lo estoy haciendo. Nota mi debilidad:

- ¡Ah, pues no saldrás de esta entonces! ¡Asómate a la Nada!

Su rostro se vuelve cruel, brutal, inhumano, despojado de toda piedad. Es un monstruo que me muestra lo ridículos y débiles que son los pilares en que se sustenta mi existencia; las realidades terribles y demonios que forman mi ser. Me quedo suspendido en el vacío sin nada a lo que agarrarme y me tambaleo y caigo de rodillas. ¡Oh, claro que caigo! Y lloro sin consuelo y me agarro de nuevo al váter desesperado vomitando odio y desprecio por lo que soy. Lloro porque ya no podré olvidar su rostro que es mi rostro y su verdad que es la mía.

By Poseidón López

Revisión del Coloquio de los Perros

20 may

Capitulo Primero: El renacimiento

El sabueso mira con esmerado interés hacia los contenedores de basura cercanos a la plaza. No tenía nada de extraño que estuviera allí, pues había muchos agentes suyos merodeando por la zona.

Se halla sentado en unos escalones de la Plaza del Dos de Mayo, en el antiguo barrio de las maravillas, hoy dia Malasaña, cerca del centro de Madrid.

Observa todo lo que ocurre a su alrededor. Mantiene una postura de calma aparente, dispuesto para moverse rápido a la menor señal de alarma. Su nariz, fina y respingona, dota al conjunto de sus facciones un aire de viveza y de resolución.

Unos chicos juegan a la pelota, un ejército de orientales vende latas de cervezas a euro, desarrapados perro – flautas tocan la guitarra y hacen malabares mientras los municipales se disponen a iniciar una de sus rondas. Nada nuevo a estas horas de la noche.

Como todavía quedan unos minutos, pasea su mirada hacia los dos héroes de la guerra de independencia española frente a los franceses, Daoíz y Velarde.

Piensa para si: -Muy valientes si, pero muy confundidos. Nosotros estuvimos en esa guerra y en todas las demás y conocíamos lo que ellos no, lástima que nuestro papel no es intervenir, al menos no de esa forma.

Sus pensamientos le conducen a rememorar tiempos pasados, tiempos mejores, en los que aún creía que era posible salvarse y salvarles. Hoy duda de todo, aunque en el fondo de su corazón mantiene todavía una esperanza, una idea peregrina de salvación.

Se acerca la hora. Ladra una orden y todos sus agentes encubiertos se posicionan cerca del objetivo. Algo no va bien. De repente, las personas que hay a su alrededor empiezan a bostezar y a acurrucarse donde pueden. En cuestión de un minuto, todos los humanos de la plaza y de los alrededores están durmiendo!.

-Piensa Sherlock, piensa. Murmura mientras cierra los ojos y adquiere una pose reflexiva.

- No les interesa que nos vean y por eso les han dormido. Saben que aparecerá aquí y no les importa montar un lío. Tal vez conozcan incluso el plan. Hice bien en no fiarme y no hacer las cosas “a su manera”. Menos mal que tengo un plan B… Activando “Plan vagabundo”.

Empieza el baile. En la noche de luna llena se ven las sombras proyectadas que descienden con felino sigilo hacia la zona cero.

Vamos a tener pelea sin público, al menos cercano, y en plena noche, práctica de la que disfrutan enormemente mis mortales enemigos. Piensa Sherlock.

De uno de los contenedores sale un destello azulado y es el detonante de toda una secuencia de sucesos aparentemente inexplicables. Desde árboles, muros y tejados saltan de forma acrobática gatos negros enfurecidos directos al destello. Se mueven al unísono, perfectamente coordinados como un “todo” aniquilador. El ataque resulta incluso bello por su estética.

Pero no son los únicos que quieren jugar. Los agentes infiltrados, los perros de los perro-flautas se agrupan en torno al contenedor y se preparan para resistir el ataque.

La pelea empieza y los gatos avanzan en bloque. Su estilo se asemeja al samurai, combinado con el orden y la frialdad que aprendieron de los bolcheviques.

Los perros se defienden “como gatos panza arriba”, con la fiereza de los tracios y la pasión de la soldadesca española. Dos estilos claramente diferenciados, elegancia y fuerza, frialdad y pasión, finura con la garra y rabia desatada en la mordedura.

Mientras se produce la reyerta, Sherlock tiene cosas más importantes que hacer. Se acerca al contenedor y salta con agilidad a su interior. Tras un par de minutos, de este sale un extraño objeto. Es un globo de helio con una cesta atada!.

Los luchadores dejan por un momento la encarnizada lucha para ver como el extraño artefacto se aleja por los aires. Lo han visto, los gatos han visto que en el globo va su objetivo y salen a toda prisa en pos de este. Los agentes son ahora los que les persiguen por las calles de una Madrid cuyos habitantes no saben que hoy ha renacido su iluminadora, quien sabe si su salvadora…

Próximamente, el segundo capítulo titulado; ¿quiénes somos?¿de donde venimos? ¿a dónde vamos?

Libro busca estantería

19 abr

LIBRO BUSCA ESTANTERÍA…

y la encuentra a pesar de estar a punto de morir calcinado,

las cosas de la serendipitialidad no tienen límites.

Cada cierto tiempo resulta conveniente limpiar, pues muchas veces los árboles no dejan ver el bosque. Aunque otras veces la limpieza se convierte en un asunto de supervivencia, ¡ya no cabes ni tú!. Y te llevas sorpresas de los objetos y asuntos guardados, que alguna vez, por lo visto, fueron importantes para ti.

Aún así no se vacía todo ¿a que no? Hasta la siguiente…Te da pena, piensas que ahí está parte de tu identidad y esas cosas…que luego no vas a tener recuerdos. Y piensas que si lo tiras, luego te vas a arrepentir por si llegas a necesitarlo.

 ¡¡¡Porsiaca!!!.

Conoces desde antiguo mi inclinación urraqueña por recoger aquellos objetos brillantes del suelo: tornillos que buscan tuercas, escarpias que buscan cuadros, llaves perdidas que nunca abrirán puertas; o mi devoción por los papeles manuscritos en el suelo del metro, las octavillas de videntes, o cajones de madera de las basuras…objetos, que si se tiene paciencia, terminan encontrando amigos, o su destino, en un extraño maridaje.

Pero los objetos ¿tienen vida propia? ¿se buscan sin necesidad de la voluntad y aportación humana?…No hay  bien sin mal, ni se entiende el blanco sin el negro, ni existe el norte sin el sur, la acción sin la reacción. Sin embargo, hasta que se engarzan, se encuentran, llevan una existencia aparentemente plácida, pero insulsa a la vista del observador, que inconscientemente llega a unirlos; a veces de forma desfavorable, pues el componente estético resulta indispensable en la unión marital.

Ya defendía estos principios sobre la vida de los objetos (Das Arbeitsleben der Objekte) el Dr. Eingang Ausfahrt en la Universidad de Salzburgo, cuando en encendidas epístolas con Wolfgang Amadeus en 1784, sostenía que las notas musicales, en una ecuación estético-aritmética, fluían sin cesar en el espacio hasta la cabeza del compositor, que las trasladaba al pentagrama. El Dr. Frank Mesmer, en aquel preciso momento, establecía el éter como sustancia que ocupaba el vacío donde las cosas fluían (o sea, la materia oscura, de la que parece que pendió y pende el universo), dando así comienzo al desarrollo del magnetismo y el hipnotismo.

Septiembre y Octubre son meses propicios para la mudanza. Coincidiendo con un par de jubilaciones recientes se decidió dar una batida en el departamento, desechando aquello caduco o carente de interés y procurando dejar lo aprovechable, salvando a veces lo insólito o incomprensible (me refiero a una piedra a modo de martillo para clavar algún clavo, por si acaso); videos sin aparato que los reproduzca; exámenes amarillentos del año catapún; apuntes incomprensibles de gentes ignotas; cds de sistemas operativos caducos; etécera, etécera.

Uno de estos objetos que corría inexorablemente hacia la rebosante papelera fue un extraño ejemplar de TESIS DOCTORAL en papel copia azulado y forrado de tapas de cartón rojas de los años 70’ sobre la “terra sigilata” (tejas romanas) de la ciudad imperial de Valeria (Cuenca): “La sigilata de Valeria en el Bajo Imperio”, creo recordar.

Y hubiera corrido esa suerte, la de haber ardido en las llamas del infierno, si no se hubiera desprendido una carta de su interior dirigida desde el Instituto Arqueológico Italiano hacia un tal Jorge Sánchez Lafuente (nombre que en principio no me sonaba de nada), en la que le renovaban un permiso de excavación y demás historias. La dirección remitía a una calle de Guadalajara, mi ciudad natal. Preso de la curiosidad, inquiero sobre la pertenencia señalada, y la contestación que recibo tras mucha insistencia es que probablemente el rojo ejemplar perteneciera a Sánchez Gijón (padre de la famosa actriz) que deambuló sus huesos por ese departamento, y que por lo visto era un devoto de la Arqueología y la Historia Antigua.

El caso es, que no sé por qué, se salva de la quema (en realidad lucha para no caer en la papelera) y lo llevo a casa para hojearlo más adelante, cosa que hago sin más emoción, reproducción dibujada de cada teja y texto supercientífico adornando cada facie.

Pasado el tiempo, un día de invierno lluvioso en el que voy con mis amigos a La Adrada en tareas hortelanas, pienso en la posible utilidad de la tesis científica para animar las llamas de la hoguera que pueden tener esas hojas tan sedosas. En efecto, hojas y palos mojados no prenden suficientemente bien y echo mano del tomo. Les cuento a los colegas el hallazgo y se enciende la luz, el tiempo se detiene:

-¿Jorge Sánchez Lafuente? Pero niño, si es Giorgio, que vivió con nosotros durante un tiempo en la casa de Bretón de los Herreros…

- Ostia, Giorgio, ya, ya…compañero de cole y ya iniciado en la antigüedad desde pequeño, su padre, funcionario de Correos, era un gran coleccionista de sellos…

- Precisamente esa tesis se escribió en una máquina que le dejé y que nunca me devolvió…

- Sí, sí, en alguna noche de delirio le amenazamos con tirarle las piedras sigilatas…

- Ja, ja,ja, ¿recuerdas que se rompió un brazo?. Precisamente el día que le quitaban la escayola le llevé con la moto al hospital de…Reina Victoria…

- Nuestra Sª del Loreto, el seguro médico de estudiantes.

- Pues después de quitarle la escayola subimos a la moto y arranco sin haber desbloqueado el manillar, con lo cual los dos al suelo…

- No jodas¿¿¿???

- Calla, calla…con tan mala fortuna que se vuelve a romper el brazo…

- Increible

- Pues vuelta a entrar y vuelta a escayolar...

En esto que aparece el Dr. Chavarría cuando estoy a punto de arrancar las primeras páginas para avivar el fuego, ya decrépito, animado por ver las tonalidades azuladas y verdosas que seguro aparecerían con la ignición devastadora.

.- ¿Farenheit 451?. Nazi cabrón, lo único que no se puede quemar son libros y discos…

.- Coño, pero si es un estudio sobre Valeria ciudad imperial romana donde las haya…

- Ya, ya, pues iba a ser pasto de las llamas.

.- Ni de coña. ¿Me lo regalas?. Muy interesante, lo leeré con atención.

- Of course my brother, faltaría más.

Una sensación de alivio me recorrió de arriba abajo. Se borró de mi mente el rótulo de “Criminal anda suelto” por el de “indultado”.

Hoy día ocupa un lugar preferente en la estantería del Dr., con otros libros rescatados de alertas y temporales.

Una noche por Madrid

12 mar

“No me importa si hay vida en Marte, o si París arde, esta noche llegaremos tarde”

“Violadores del verso”

Borja lo tenía todo para ser el líder del grupo. Físicamente era el más alto de los tres. Tenía el pelo rubio y los ojos claros. A sus 21 años, aún no le había crecido la barba, por lo que seguía teniendo cara de niño. Si bien no era el más inteligente en el sentido tradicional de la palabra, lo era sin duda desde un punto de vista adaptativo. Poseía un gran don de gentes y una forma de mirar, hablar y actuar que se adaptaba a la persona que tuviera enfrente. Con las mujeres se mostraba seguro de sí mismo y descarado; con los amigos como un líder comunicativo e incluso flexible en apariencia, aunque su criterio siempre acababa imponiéndose; con los profesores humilde y respetuoso. Poseía una ambición desmedida y siempre conseguía todo lo que se proponía. Luis y Nico se habían pegado a él como una lapa desde su primer encuentro en la clase de “Introducción a la economía de empresa”. Borja conseguía los mejores apuntes y les invitaba a las mejores fiestas. A cambio, éstos le pagaban con su lealtad. Es cierto que Nico se mostraba en ocasiones algo díscolo, pero Borja acababa siempre imponiendo su criterio, con mayor deleite por suponer un reto para él. Luis, el segundo de abordo, jamás daba signos de desobediencia. Moreno, con ojos azules y unos centímetros más bajo que Borja, la suya era una naturaleza conciliadora que huía de los conflictos como de la peste. Desde pequeño había sido el eterno segundón, algo a lo que fingía no darle importancia. Muchas mujeres lo consideraban el más guapo de los tres, aunque en la práctica todas elegían a Borja (a pesar de que tenía fama de cabrón con el sexo opuesto). Luis era también el que mejores notas sacaba, aunque todo el mundo intuía que Borja acabaría en un mejor puesto de trabajo. Nico era el más tímido de los tres. Su carácter taciturno, su baja estatura y su piel demasiado morena producían rechazo en el círculo de la universidad, ya fuera de manera consciente o inconsciente. A nadie le interesaba que tuviera una gran cultura literaria o cierta sensibilidad para el arte en general (guardaba tales aficiones para sí mismo). Borja y Luis vestían de manera similar: con zapatos náuticos marrones, ajustados vaqueros azul oscuro y abrigos con capucha de plumas, que sólo diferían en el color. Borja llevaba además una bufanda marrón. La indumentaria de Nico era algo distinta. Llevaba zapatillas de tela blanca, pantalones vaqueros algo más anchos y una chupa de cuero que había heredado de su padre.

-Aún sigo pensando en el puto mendigo –dijo Borja mientras se servía su segunda copa de “Havana 7” con cocacola-. Pásate unos hielos, tú.

Luis tanteó el suelo con la mano hasta dar con la bolsa. Eran sólo las 7 de la tarde pero la noche era cerrada en el “parque de la Virgen”. Únicamente el hospital Clínico y la parte de atrás del museo de América arrojaban algo de luz sobre su posición. Habían elegido unos arbustos situados un poco más abajo de la estatua de la Virgen. No querían ser descubiertos por la policía: la multa por beber en la calle era de 600 euros.

Borja extendió su copa y Luis le sirvió dos hielos con cuidado de que no salpicaran.

-¿Qué pasa con el mendigo? –preguntó Nico, que se hallaba algo apartado del grupo, sentado sobre una roca.

-¿Cómo que qué pasa? -contestó Borja mirándole con cierto desprecio- ¿Es que no has visto lo maleducado que ha sido cuando nos ha pedido fuego? ¡Si ni siquiera nos ha dado las gracias!

-Jeje, tampoco es para tanto –dijo Luis, tratando de suavizar las cosas. A veces soltaba maquinalmente frases de ese tipo. Su intención no era enfrentarse a su amigo, sino darle pie para que siguiera hablando, como un actor de teatro a otro. A Borja no le molestaban las insustanciales críticas de Luis siempre que se mantuvieran dentro de una línea. Éste, por su parte, tenía toda una vida de experiencia en no traspasar esa línea.

 -Así que no es para tanto. Mira, si hay algo que no soporto es la falta de educación. El hecho de ser un despojo de la sociedad no te da derecho a tratar así a la gente. ¿Os he hablado alguna vez de Rubalcaba?

-¿Rubalcaba? –preguntó Luis. No veía qué relación podía haber entre Rubalcaba y aquel mendigo.

-Seguro que os lo he contado y no os acordáis… –siguió Borja algo molesto-Bueno, pues Rubalcaba es un mendigo de mi barrio. Le llamamos así porque se parece al político. La verdad es que no es un mendigo. Bueno, no sé cuál es la definición exacta de mendigo; éste pide limosnas, pero creo que no vive en la calle. Hay quien dice que vive en casa de una vieja que le da de comer. El caso es que Rubalcaba se pone todas las mañanas a pedir en la esquina de mi calle. Siempre de pie junto al mismo quiosco. No voy a decir que vaya bien vestido, pero al menos no huele mal. A las señoras del barrio les cae bien porque es muy educado. A eso es a lo que me refiero. Ya sabéis que tengo unos principios y uno de ellos es que nadie debería vivir sin trabajar. Cualquiera de los tres podríamos vivir tranquilamente del dinero de nuestros padres y a ninguno se nos pasa por la cabeza. Vale que mientras vivimos en casa nos pagan la universidad y nos dan pasta para nuestros gastos, pero eso es distinto… A lo que me refiero es a que al menos Rubalcaba ha sabido conservar parte de su dignidad. Aun así no soporto a los mendigos. Me parecen seres detestables, parásitos de la sociedad. No tienen amigos y es evidente que su familia no quiere saber nada de ellos. No hay razón para que existan. Si de la noche a la mañana se extinguieran todos, no derramaría ni una lágrima. Aunque os digo una cosa, cada vez que pasara por ese quiosco, me acordaría de Rubalcaba.

Se detuvo para dar un trago de su copa. Sus amigos no pudieron evitar emocionarse ante la última frase de su discurso.

-Hombre, lo de matarles me parece un poco radical –dijo Luis.

-¿Te vas a poner ahora en plan sentimental? Es como lo que hablábamos el otro día de deportar a los inmigrantes que vienen a España a robar en vez de a trabajar. Al principio no estabais de acuerdo pero al final os quedasteis sin argumentos y tuvisteis que reconocer que yo tenía razón.

-Pues sí, en el fondo no hay tanta diferencia. Hombre, igual yo no los mataría, pero claro, a ver dónde encuentras un país que quiera acoger a tantos mendigos. Jeje -dijo Luis, asombrado ante su propio ingenio.

Pero Borja ya no le prestaba atención. Observaba a Nico, pues sabía que estaba a punto de decir algo. Éste había permanecido callado, mirando su copa y escuchando, preparando la réplica.

-Tres, dos, uno… -se dijo Borja.

- Creo que pasas por alto el “círculo vicioso del mendigo” –soltó Nico al final de la cuenta atrás.

-¡Ya está el personaje con sus teorías extrañas! –dijo Borja dándole una palmada en el hombro a Luis. Éste movió la cabeza hacia los lados y puso los ojos en blanco -A ver, sorpréndenos.

-No tiene nada de extraño –dijo Nico- Por alguna razón, merecida o no, un hombre puede quedarse en la calle. Es algo que no nos va a pasar ni a ti ni a mí, pero le puede pasar a cualquiera que pierda el trabajo y se quede sin el apoyo de su familia y amigos. Una vez en la calle y sin recursos, va a ser cada vez más complicado que encuentre un trabajo, por lo que se va a ir abandonando cada vez más y esto, a su vez, le va a dificultar aún más el encontrar un trabajo; y así sucesivamente.

-¿Y qué tiene que ver eso para que sea borde conmigo? -preguntó Borja- Ni voy a darle trabajo ni se lo voy a quitar.

-Con la gente ocurre exactamente lo mismo. Puede que este tipo al que nos acabamos de cruzar fuera igual que tu Rubalcaba hasta que un día perdió la posibilidad de ducharse, empezó a oler mal,  la gente empezó a darle de lado, y él empezó a ser borde con la gente, y la gente borde con él, etc. A lo que me refiero es a que…

Un ruido de pisadas le impidió terminar la frase: el mendigo estaba de vuelta. Fue directo hacia Borja.

-Perdona, ¿me puedes dar fuego otra vez? ¿Y no tendrás un cigarro?

Éste se lo dio, aliviado al comprobar que no había oído su conversación.

-¿Y podéis darme una copita de esas? –preguntó el mendigo mientras daba la primera calada al cigarro.

-La verdad es que no. Son las últimas –mintió Borja. Tenían otra botella sin abrir y vasos de sobra. Sabía que no la iban a terminar, pero prefería tirarla a la basura antes que dársela. Era una cuestión de principios.

-¿Tú no me puedes dar la tuya? –preguntó a Nico, mientras se aproximaba hacia su roca.

-Qué va –respondió éste secamente.

Se dio la vuelta para irse, con tan mala suerte que al girarse golpeó dicha copa. Nico la acababa de llenar y en ese momento reposaba sobre el suelo. Todo el líquido se derramó sobre sus zapatillas nuevas. El mendigo se limitó a encogerse de hombros, balbucear unas palabras que nadie entendió y perderse nuevamente entre los arbustos. Borja observaba a Nico, sin ocultar el placer que sentía por lo ocurrido.

-Bueno –le dijo- ¿qué opinas ahora de tu mendigo?

-Pues, ¿qué quieres que opine? -respondió Nico furioso- que es un gilipollas. Encima de que le damos dos cigarros viene aquí exigiendo más y me mancha las zapatillas. Ahora tengo que ir con las zapatillas sucias toda la puta noche.

Borja y Luis estallaron en una carcajada.

Borja decidió que era el momento preciso para cambiar de tema. No es que no quisiera hacer más leña del árbol caído, sino todo lo contrario. Si seguía ahondando en el tema, podría venirse abajo el plan que empezaba a tomar forma en su cabeza. Por el contrario, si lo cortaba en ese momento, Nico iría acumulando ira en su subconsciente. Borja necesitaba esa ira como aliada, no como enemiga.

-Bueno, hablemos de cosas importantes chavales –dijo- ¿Cómo veis la noche? ¿Tenéis en mente alguna pivita de clase?

-Yo a lo que caiga, jeje –dijo Luis.

-A mí esas cosas me la sudan –respondió Nico.

-Ya, al final van a ser verdad ciertos rumores que se oyen por la uni…

Nico hizo un amago de levantarse pero Borja le miró desafiante a los ojos. Se sentó de nuevo.

-Y tú Borja, ¿qué tienes pensado? –dijo Luis, temiendo la respuesta.

-Pues está chunga la cosa. Puedo elegir entre Mónica y Eva. Pero, ¿sabéis qué? Ya me he cansado de las dos. Creo que me apetece carne nueva. Pero ya veré lo que hago.

-Jaja, qué cabrón –dijo Luis, algo ofendido. Todas las mujeres eran ganado para él, todas menos Mónica.

Siguieron divagando durante un par de horas acerca de mujeres y temas relacionados con la universidad. Terminaron gran parte de la segunda botella y, cuando estaban a punto de encaminarse hacia la discoteca, Borja dijo de pronto.

-¿Sabéis lo que podríamos hacer antes de irnos?

-¿Qué? -preguntó Luis.

-Vengarnos del mendigo.

Nico bajó la cabeza hacia sus zapatillas. No les había dicho nada a sus amigos pero, en su último paseo a mear, también había vomitado. Nadie se había dado cuenta porque al volver se había servido otra copa. En cuanto al mendigo, lo había olvidado por completo: todos menos Borja lo habían olvidado.

-¿Qué estás tramando? –preguntó Luis algo asustado.

-Pues quemar esos cuatro cartones a los que él llama casa –contestó Borja unos segundos más tarde.

-Ni de coña –balbuceo Nico, quien seguía mirándose los pies.

-Es un poco radical, ¿no? –preguntó Luis.

-A ver, es sólo una pequeña lección. Además, no es que estemos quemando un edificio, son sólo cuatro cajas. Mañana puede construirse una igual.

-Hombre, visto así…

-¿Tú que dices Nico?

-Yo paso –empezó a decir, pero de pronto se le cruzó otro pensamiento. ¿Qué coño le importaba a él el mendigo? Así aprendería a tratar mejor a la gente.

-¡Bah! -dijo levantando bruscamente la cabeza. Se mareó un poco al ver las caras de sus amigos observándole-. La verdad es que me la suda. Que le den por culo al puto mendigo. Así aprenderá a tratar bien a las personas como nosotros que no le hemos hecho nada.

Dejaron atrás los restos del botellón, a excepción de la botella de ron. Se adentraron entre los arbustos, tratando de averiguar por donde había ido el mendigo. Borja iba delante, seguido por Luis. Nico caminaba con dificultad unos metros más atrás. Finalmente encontraron una fortificación hecha a base de sacos, cuerdas, cajas de cartón y palés de madera. Borja se asomó para asegurarse de que no había nadie dentro. El olor le hizo reafirmarse en su propósito.

-Pásame la botella –ordenó a Luis.

-Toma –contestó éste.

-Y tú, pásame el mechero –dijo a continuación a Nico. Mientras alargaba la mano derecha para cogerlo, hizo chocar con la izquierda el culo de la botella contra su propio mechero, situado en el bolsillo de su pantalón. Había encajado todas las piezas del plan como un maestro relojero. Nunca se había sentido tan poderoso.

 

Caminaron en silencio hacia “la Notte”. Era la 1 en punto cuando llegaron. Se encontraron en la puerta con otros tres compañeros de clase que habían salido a fumar. Todos coincidieron en que la noche pintaba bien. Nadie mencionó al mendigo en la conversación fuera y, una vez dentro, todos tuvieron cosas más importantes en qué pensar. Mónica salió llorando de la discoteca al pillar in fraganti a Borja con Eva en el baño. Luis fue tras ella y pasaron el resto de la noche sentados en un banco del parque de Joaquín María López. Tuvo la difícil tarea de consolarla sin hablar mal de su amigo. Habría dado cualquier cosa por atreverse a besarla. Nico se empezó a encontrar mal después de la segunda copa y volvió a su casa, vomitando de camino en varios árboles. Nadie en la discoteca preguntó por él. Hizo bastante ruido al calentar un plato de pollo en el microondas. Cenó en la mesa de su habitación, frente al ordenador. No tardó ni 5 minutos en terminar el pollo y meterse en la cama. Se estaba de maravilla bajo el edredón nórdico. Durmió plácidamente hasta las 3 de la tarde.

Sexo en la mierda

12 mar

El muchacho miró a ambos lados para cerciorarse de que la situación era segura. Mientras cruzaba José Abascal, se preguntó por enésima vez por qué tenía que ser diferente del hombre del sombrero hongo; o de la señora que andaba a pasitos cortos; o del joven saltimbanqui que hacía malabares en medio del paso de cebra. Sumido en tan perturbadores pensamientos, se plantó frente al portal 69 y fijó su mirada en el cartel: Doctora Paz Guerra, Psicóloga. Primera Planta, 1º Izquierda.

La puerta estaba abierta “de par en par”. Reflexionando sobre las extrañas casualidades de la vida y sus aparentes incoherencias, subió por las rechinantes escaleras de madera hasta llegar a la puerta. Le recibió una mujer que pasaba de los 30 y que debía ser la doctora. Alta y de estilizada figura, su vestimenta de trabajo era elegante y provocativa al mismo tiempo. Llevaba zapatos de tacón, una ajustada falda negra que le llegaba hasta la altura de las rodillas y una blusa blanca con el primer botón desabrochado. Su figura parecía cincelada a conciencia por un artista. A su escultural cuerpo, se unía una belleza reposada, con su pelo dorado recogido con un moño, las mejillas sonrosadas decorosamente coloradas. Sus sugerentes labios esbozaban una sonrisa profesionalmente cálida. Sus ojos color azul de las marismas eran espejos que transmitían la inteligencia calmada de quien se siente segura de sobrevivir al caos que de forma irremediable se avecina.

Pedro, así se llamaba el muchacho, se presentó todavía turbado por esa primera impresión que le había hecho sentirse diminuto. La doctora le invitó a sentarse en el diván. La conversación, hábilmente dirigida por ella, giró inicialmente en torno a trivialidades varias, pero pronto pasaron a la razón de la visita, pues Pedro, aunque tímido, era de esas personas que no gustan de perder el tiempo (y menos si el dinero entra en la ecuación). Se reclinó en su asiento y se dispuso a contar su historia. La doctora, con la mirada atenta, juntó sus manos y adoptó una actitud de concentración plena.

Verá usted, mi problema principal viene desde hace tiempo y, por lo que sé, no tiene solución. Había encontrado la manera de ser feliz pero, por desgracia para mí, la llama se apagó… Será mejor que empiece desde el principio.

Soy el único hijo de una familia de clase media madrileña. Mi padre es profesor de literatura en un instituto y mi madre trabaja en la oficina de patentes. Su matrimonio no tenía nada de extraño o excepcional, hasta que aparecí yo. Al nacer fui una bendición para la familia, pero todo se torció cuando me acercaba a la adolescencia. No nos dimos cuenta de golpe, ya que los síntomas iban apareciendo de forma paulatina. Al principio fueron cambios sutiles en la escritura y leves problemas de movimiento. Cada vez notaba más lentitud y a veces rigidez. Esto evolucionó hacia los temblores incontrolables y los tics musculares. Mis padres, alarmados, acudieron a todo tipo de especialistas y éstos concluyeron que padecía la enfermedad de Huntington, más conocida, tal y como averigüé después, como “El baile de San Vito”. Ésta debía su nombre a que, durante la Edad Media, las personas aquejadas de estos males peregrinaban a la capilla de San Vito, construida en Ulm (Alemania), esperando que el santo los curara.

La doctora, sin separar la mirada de aquel muchacho tan serio y gesticulante, se acercó a un estante y cogió un voluminoso ejemplar sobre trastornos neurológicos. Examinó el índice y encontró lo que buscaba. Mientras el chaval disertaba sobre las atrocidades cometidas sobre su colectivo en el medievo, ella ojeó un breve resumen sobre la enfermedad, fingiendo atención plena. El chico, tumbado y absorto en su historia, no se daba cuenta de que nadie le escuchaba.

“La enfermedad de Huntington es un trastorno genético hereditario cuya consideración clínica se puede resumir en que es un trastorno neuropsiquiátrico. Sus síntomas suelen aparecer hacia la mitad de la vida de la persona que lo padece (unos 30 o 50 años de media), aunque pueden manifestarse antes. Los pacientes muestran degeneración neuronal constante, progresiva e ininterrumpida hasta el final de la enfermedad, que suele coincidir con el final de su vida por demencia, muerte o suicidio. El rasgo externo más asociado a la enfermedad es el movimiento exagerado de las extremidades (movimientos coreicos) y la aparición de muecas repentinas. Además, se hace progresivamente difícil el hablar y el tragar. En las etapas finales de la enfermedad, la duración de los movimientos se alarga, manteniendo los miembros en posiciones complicadas y dolorosas durante un tiempo que puede prolongarse hasta horas. En la enfermedad de Huntington, el enfermo no siente asco, ni identifica las expresiones de asco de los demás. Este síntoma es uno de los primeros en manifestarse. “

El muchacho hizo una pausa tras proferir un nuevo insulto malsonante contra el sistema feudal. La doctora le instó a que siguiese hablando. Pedro, sintiendo que se estaba yendo por las ramas, decidió centrarse en su historia. Miró su reloj: quedaban 25 minutos.

Tras conocer la naturaleza del problema, mis padres, especialmente mi madre, entraron en una depresión. No fue éste mi caso. Aunque tenía todo tipo de dificultades, el conocer mi destino me daba fuerzas para disfrutar del presente y continuar. Me sabía diferente y, por extraño que parezca, esto me fortalecía. De hecho, nunca hasta hace dos días había sentido el deseo de ser normal

A los 18 años abandoné nuestra casa en Torrelodones para empezar una nueva vida como estudiante de Historia en la Universidad Complutense de Madrid. Becado por el Estado, me desplacé cargado de proyectos en la mente al colegio mayor San Juan Evangelista, más conocido como “Johnny”. Entre mis primeros objetivos, estaba el de sacar a relucir los diferentes casos de personas con mi enfermedad que habían conseguido éxitos importantes o que habían resultado relevantes por alguna razón en el devenir de la Historia. Fueron buenos tiempos, tiempos intensos, tiempos salvajes en todos los sentidos. Me abandoné a un consumo desenfrenado en lo intelectual, en lo físico y en lo emocional. Hice buenas amistades, me emborraché y follé mucho (por alguna razón resultaba atractivo en el sector femenino y no creo que fuese sólo por el sobrenombre de “rabo” con el era conocido en mi círculo); jugué a las cartas en vez de estudiar, me bañé desnudo en la piscina al amanecer, leí algunos libros y quemé muchos, experimenté con variedad de drogas para diferentes fines. Conseguí de ese modo licenciarme con honores en la universidad de la vida. En cuanto a la carrera, la di por imposible, al igual que mis proyectos de investigación. Había surgido en mí una nueva motivación: quería ser escritor.

Durante aquellos frenéticos días de vino y rosas, encontraba espacios, entre resaca y resaca, para seguir a los clásicos. Hemingway, Faulkner, Bukowski y Miller, todos ellos borrachos empedernidos, compartían conmigo sus pensamientos y me hacían participe de algo secreto o prohibido, lo cual me hacía sentir responsable para con ellos: no quería defraudarles. Sentía que sólo ellos me comprendían y mi prepotencia juvenil me conducía a pensar que sólo yo podía alcanzar a entenderles. Quería ser escritor y, para ello, consideraba que mi objetivo en la vida era el de acumular experiencias y cazar anécdotas que rellenasen los huecos de mi falta de imaginación.

No quiero irme por las ramas, por lo que pasaré directamente a relatar el momento a partir del cual mi vida cambió por completo y cómo se desarrollaron los acontecimientos después. He traído un relato que escribí ayer por la noche y en el que está todo bastante bien explicado. Si no le importa, me gustaría leérselo para no dejarme ningún detalle por el camino.

La doctora asintió y Pedro, tras sacar un par de hojas sucias y amarillentas del bolsillo de su chaqueta y proferir algunos carraspeos, empezó con la lectura del relato.

 

Sexo en la mierda

Un fin de semana de Julio del año pasado, me fui con mi grupo de amigos de acampada a una zona de Ávila, en el valle del Tiétar. Era un lugar alejado del bullicio de la gran ciudad, altamente propicio para disfrutar de la naturaleza en estado puro.

Llegamos cuando la tarde languidecía. Teníamos el tiempo justo para montar las tiendas y preparar la fiesta a la que nos entregaríamos sin reparos. Prometía ser una de esas noches locas de Sexo, Drogas y Rock & Roll. Éramos un grupo amplio de amigos y amigas dispuestos a vivir al máximo la experiencia.

Por aquel entonces, me había encaprichado de una chica del grupo, Laura, y tenía la esperanza de conquistarla en aquella excursión, aunque hasta el momento ella no había demostrado ningún interés hacia mi persona.

La fiesta empezó a lo grande. Lucas, el graciosillo del grupo, nos divertía con sus chistes machistas; David tocaba canciones reivindicativas con la guitarra y yo las bailaba con mi estilo propio (tan “valorado” por el sector femenino). Alrededor del crepitante fuego de la hoguera, todos bailábamos, reíamos, fumábamos, bebíamos, soñábamos, volábamos…

No podía dejar de mirar a Laura ¡Qué mujer! Morena y delgada, estaba subida a una rama gruesa de un árbol y realizaba movimientos pélvicos mientras sostenía una botella de Jack Daniels de la que bebía sin control. No cesaba de danzar y el movimiento de sus rotundos y voluptuosos senos me tenía hipnotizado. La marihuana tiene el efecto en mí de concentrarme en exceso y olvidarme de todo lo demás, por lo que mi nivel de percepción se centraba únicamente en esas dos masas que chocaban una con la otra con un ritmo delicioso. Tan extasiado estaba que no la vi venir cuando se acercó a mí y me dijo:

-¿Qué haces, Pedro?

Abrí los ojos, descubriendo que había caído víctima de mis ensoñaciones, y traté de acostumbrarme a esos gigantes ojos color canela que me miraban con una mezcla de curiosidad y un punto de locura.

-Na, pensando en mis cosas. Acerté a balbucear.

En ese momento, Laura, que llevaba un frisbee en la mano, me dijo señalándolo:

-¿Te vienes a jugar?

No era precisamente mi pasatiempo favorito, pero me pareció buena idea seguirle la corriente.

-¡Vale! -contesté.

Ella salió corriendo y yo la seguí en completo estado de celo. Todo ocurría en mi cabeza muy lentamente, lo cual agradecía, pues me permitía concentrarme por más tiempo en su sensual culo, que se movía al ritmo de una canción que sonaba en mi mente y que por desgracia ya no recuerdo. No he olvidado, sin embargo, sus ajustados pantalones azules de chándal, bajo los cuales se adivinaba la forma de un tanga.

Finalmente llegamos al lugar que ella había elegido para jugar, bastante lejos del resto del grupo. Empezamos a lanzarnos el frisbee. Ella parecía toda una experta y yo me contentaba con no hacer el ridículo. Estuvimos así un buen rato hasta que, en mi enésimo fallo, el artefacto se perdió entre la espesura. Laura fue tras el pero no aparecía. Me acerqué para ver qué ocurría y me la encontré plantada en medio de una zanja, cubierta hasta las rodillas de algo que parecía barro, y con una actitud poco amigable.

-¡Mira dónde me has hecho meterme! Ayúdame anda ¡Estoy de mierda hasta arriba!

Tras pedirle disculpas de forma entrecortada, le ofrecí mi mano para ayudarla a salir. Entonces ella, en un movimiento inesperado, tiró de mí, precipitándome a la zanja, a la que caí de cabeza irremisiblemente. Tras los primeros segundos de desconcierto, empezamos a reír sin control.

Entonces nos miramos y supe lo que tenía que hacer. La empuje con todas mis fuerzas y caí sobre ella en medio de aquel gigantesco charco de mierda de ganado. Cualquier otra chica habría querido salir de allí, pero Laura era especial y los dos lo sabíamos. No es que fuera inmune al hedor fétido, al tacto pringoso e incluso al sabor de esa escatológica mezcla marrón y derretida excrementos, pero parecía que, aunque le daban arcadas, el asunto la excitaba.

Yo, por mi parte, como ni me iba ni me venía, empecé a besarla por todo el cuerpo, a morderla y a arrancarle la ropa sin ningún miramiento.

Ella me miraba con una mezcla de miedo y placer que me estimulaba cada vez más. Le quité la camiseta y llené de excrementos sus voluptuosos pechos. Después comencé a mordisquearle los pezones mientras le iba bajando los pantalones…

Pedro detuvo su historia por un momento y se dirigió a la doctora.

Creo que en este punto es conveniente aclarar que, debido a mi enfermedad, no puedo sentir las mismas emociones o sensaciones que el resto personas en situaciones similares.

La doctora, escandalizada, no sabía dónde mirar. Consultó su reloj y vio que aún tendría que aguantar a aquel tipo nauseabundo durante 10 minutos más. Le estaban empezando a entrar arcadas, así que se concentró para no escuchar nada más de aquella escatológica historia. Pedro siguió hablando.

Pronto noté que no respiraba bien así que me aparté a un lado. Unos segundos después, una vez hubo recuperado el aliento, pasó con fuerza al segundo asalto, abalanzándose sobre mí y, tras colocar mi nariz entre sus prominentes pechos, comenzó a vomitar caudalosamente.

Recuerdo que pensé: “no pierde el tiempo la cerda ésta” pues, mientras me restregaba las tetas en la cara y vomitaba, me bajaba como podía los pantalones y los calzones

            A continuación, con un movimiento de pantera (cubierta de mierda no parecía ya otra cosa), dio una vuelta sobre sí misma en un giro de ciento ochenta grados y se dispuso a comerme la polla colocando su coño en mi cara para que yo hiciese lo propio con sus partes bajas. De ese modo, empezamos a practicar un sesenta y nueve bajo el paraguas de una noche estrellada y la atenta vigilancia de una luna llena que nos observaba alucinada.

Nunca había combinado el arte del “cunnilingus” con la ingestión de excrementos y la experiencia, aunque dificultosa, no produjo en mí ningún efecto. Es cierto que a veces me tenía que quitar de la boca trozos de dudosa procedencia, seguramente mal digeridos por las bestias pero, por lo demás, me entregué a la labor sin ningún problema. Por su parte, ella me la comía con fruición. A veces se la metía de forma brusca y entera, otras la lamía. Yo no alcanzaba a adivinar si sus arcadas eran causadas por mi grueso y venoso falo o por la capa marrón chocolateada que lo recubría.

Tras este intercambio coral, Laura me retiró con un empujón. Entonces me indicó con un gesto que la pusiese “a veinte uñas”. Fuera de mí y con toda mi fuerza animal, me dirigí con la polla palpitante hacia ese culo en pompa que se movía retador ante mí. Retiré un poco de la masa de mierda que cubría el agujero de su coño y se la introduje sin miramientos. Empecé a clavársela duro una y otra vez, alternando los cachetes en el culo con el sumo placer de agarrar sus enormes tetazas. Mientras me entregaba al frenesí más puro que había conocido, se me ocurrió una idea. Ella gritaba, mugía, maullaba, ladraba y emitía toda clase de sonidos bestiales. Decidí callarla un poco para que viese quién mandaba. La cogí de la coleta y, manteniendo un “elegante” compás rítmico, cada cuatro penetraciones profundas introducía unos segundos su cabeza en el fondo de la zanja. Después de unas cuantas repeticiones, ella no lo pudo aguantar y se desmayó tras proferir algunos sonidos estertóreos.

Viendo que estábamos yendo demasiado lejos, la solté, le di la vuelta y me corrí en su boca, quedando una extraña mezcla de semen y mierda corriendo por sus labios. A continuación, la saqué de allí y, tras comprobar que respiraba, la tumbé en mi regazo a esperar que se repusiese.

Pedro, agitado tras una lectura que le había hecho rememorar un capítulo muy intenso de su vida, guardó las hojas de nuevo en el bolsillo de su chaleco, se recostó hacia atrás en su asiento y se dispuso a recuperar un poco el aliento antes proseguir. La doctora adoptó entonces una actitud de fingido interés, más aún que cuando éste leía su historia.

Tras unos segundos de reposo, Pedro se interesó por la opinión de la doctora, a lo que ella contestó que todavía no le había explicado el porqué de su visita. Asintiendo con la cabeza, Pedro se dispuso a continuar.

Pues verá, cuando ella despertó, me sonrió y no dijo nada. Cerca había un río en el que nos lavamos a conciencia. Nos pusimos la ropa y acordamos decirle al resto del grupo que nos habíamos caído al río. Probablemente pensaron que había sucedido algo más, pero sin duda no imaginaron la historia real. Sería nuestro secreto.

A partir de entonces, Laura y yo nos hicimos amantes, unos amantes algo peculiares. Todos nuestros encuentros sexuales se producían en lugares que a ella le provocaban náuseas, vómitos y sudores y, si no encontrábamos el sitio, las guarradas las hacíamos nosotros. Follamos en parques, en medio de estanques, en baños de restaurantes; lo hicimos en guarderías, instituciones penitenciarias, iglesias y en cualquier sitio que nos sugiriera la idea de transgresión, miedo, peligro y riesgo. Por supuesto, seguimos experimentando con la coprofagia, lluvias doradas, invitábamos animales a nuestras fiestas… y no sigo para no aburrirla.

Yo era doblemente feliz, pues disfrutaba de aquellos encuentros y, al mismo tiempo, había encontrado la manera de ganarme la vida escribiendo para una revista dirigida a gente con nuestros mismos gustos sexuales. Mis crónicas estaban escritas con todo lujo de detalles

Nos mudamos a un pequeño ático de alquiler en la calle Bailén. Todo parecía ir de maravilla hasta que, hace un par de días por la mañana, me encontré una nota suya en la que decía de forma escueta y textualmente: “si no lo sentimos igual ya no tiene gracia”.

La doctora miró su reloj y carraspeó. Pedro suspiró y se dispuso a terminar su historia.

Al ver la nota me quedé paralizado. De golpe y porrazo, había perdido a mi chica y mi trabajo, al no tener ya historias que contar. He tratado de ponerme en contacto con ella por todos los medios pero ha sido imposible. ¿Qué puedo hacer ahora, doctora?

La doctora miró al muchacho fijamente y se dirigió a él en tono profesional.

-Mire joven, entiendo su problemática, pero tendremos que seguir en la siguiente sesión.

Acto seguido cogió el teléfono, marcó el número de su secretaria y le comunicó que no recibiría más visitas esa tarde. Luego miró fijamente a Pedro y éste pudo percibir como todo cambiaba.

La doctora le estaba devorando con ojos golosos. Sus labios carnosos y sugerentes empezaron a pedirle cosas, la lengua jugueteaba nerviosa por salir a recorrer lugares insospechados. Se soltó el pelo y un botón de la blusa, luego otro….

 

SUCESO DECESO DE VERANO

30 jun

SUCESO DE VERANO

Ahora que llegan los días de verano luminoso, me acuerdo de episodios tórridos de la anterior canícula…

Dedicado a Ana, Miguel y Dani, exiliados serendipitianos.

En uno de esos días tórridos, vino a comer a casa un amigo, a la sazón geólogo buscador de petróleo en la selva peruana a cuenta de REPSOL. Anarquista confeso, con preocupaciones humanísticas, algo raro entre nuestros científicos actuales. Estaba ocupado a la par de las prospecciones, en un libro sobre la guerra civil en el valle del Tiétar, y en uno de sus capítulos quiere demostrar que las zonas ocupadas por los franquistas (el Tiétar, una de ellas) no fueron un remanso de paz (de cementerios, si acaso) ni de doblegamiento de los conquistados. Es más, recoge pruebas de una incipiente actividad guerrillera, que a la postre duraría hasta casi finales de los 50’.

En esas me dice que hay un episodio que certifica sus afirmaciones: un atentado a una central hidroeléctrica en La Adrada, allá por  1938 (Central, por cierto, que perteneció y pertenece a la familia de la ilustre vicepresidenta Dª Teresa Fernández de la Vega), y que si le hago el favor de buscar una partida de defunción de un individuo en esas fechas, para aportarlo en su libro, ya que él marchaba al día siguiente al Perú.

Me presto en seguida, quizá por los vapores de alcoholes y calores, sin pensar en las consecuencias que esta acción fraternal supondría…

No sé si la resaca de Sito y Guille, presentes en la citada comida, les permitió procesar totalmente los detalles de aquella conversación…

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Sherlock Holmes: el saber sí ocupa lugar

29 jun

Qué pasa gente. Os mando un fragmento del primer libro de Sherlock Holmes llamado “A study in Scarlet”. Siento mandarlo en inglés pero ahora  me he vuelto un purista de leer en el idioma original, diccionario en mano. De todas formas creo que se entiende bastante bien. La verdad es que me he partido la caja leyendo el fragmento. Watson acaba de conocer a Holmes y tienen esta conversación surrealista pero que, a su vez, da para reflexionar. Un abrazo.

 

“His ignorance was as remarkable as his knowledge. Of contemporary literature, philosophy and politics he appeared to know next to nothing. Upon my quoting Thomas Carlyle, he inquired in the naivest way who he might be and what he had done. My surprise reached a climax, however, when I found incidentally that he was ignorant of the Copernican Theory and of the composition of the Solar System. That any civilized human being in this nineteenth century should not be aware that the earth travelled round the sun appeared to be to me such an extraordinary fact that I could hardly realize it.

“You appear to be astonished,” he said, smiling at my expression of surprise. “Now that I do know it I shall do my best to forget it.”

“To forget it!”

“You see,” he explained, “I consider that a man’s brain originally is like a little empty attic, and you have to stock it with such furniture as you choose. A fool takes in all the lumber of every sort that he comes across, so that the knowledge which might be useful to him gets crowded out, or at best is jumbled up with a lot of other things so that he has a difficulty in laying his hands upon it. Now the skilful workman is very careful indeed as to what he takes into his brain-attic. He will have nothing but the tools which may help him in doing his work, but of these he has a large assortment, and all in the most perfect order. It is a mistake to think that that little room has elastic walls and can distend to any extent. Depend upon it there comes a time when for every addition of knowledge you forget something that you knew before. It is of the highest importance, therefore, not to have useless facts elbowing out the useful ones.”

“But the Solar System!” I protested.

“What the deuce is it to me?” he interrupted impatiently; “you say that we go round the sun. If we went round the moon it would not make a pennyworth of difference to me or to my work.”

 

A study in Scarlet” (Sir Arthur Conan Doyle)

Entrevista a José Mujica

7 jun

Ya he hablado muchas veces de este tipo, porque representa muchas cosas que aprecio en una persona, aunque sea político. Además tiene ese sosiego que hace que la entrevista dure 25 minutos, cuando seguramente otra persona, diciendo lo mismo, hubiera tardado 15. Os aconsejo que leáis sobre su vida, muy interesante. En la entrevista sale otra anécdota que no conocía: en invierno dejó el palacete presidencial para que se refugiaran indigentes. “Se arregló rápido”, dice el tío.

La reflexión que hace sobre el aborto me parece genial también. Si os da to el perezote, os recomiendo que empecéis por el minuto 6 o el 7, ya que el principio me parece un poco menos interesante. Y si os sigue dando pereza, vosotros os lo perdéis! :) Os dejo una frasecilla

O tenemos una…demasiada pequeñez en nuestro natural egoísmo, toda cosa viva lucha por su vida, pero agrandar el abrazo nos multiplica. En el fondo volvemos al principio, el concepto del trascurrir la vida con un sentido de felicidad. Cuando uno vive pa cobrar cuentas, pa la vengaza, pa lo que le deben, pa lo que le hicieron… no sé termina nunca más, es como el loco dando vueltas a la columna”

Vídeo

Swindigentes: iros todos a la gorra

27 may

Esta banda callejera es el espectáculo total, swing esquizofrénico para toda la familia, grandes bailes y grandes músicos. Rezuma buen rollo por los 4 costados.

El concierto del vídeo lo dieron en la puerta de la Sala Caracol, antes de su propio concierto, pa la gente que se había quedao sin entrada.

Mañana 28 de mayo estarán tocando a la gorra a las 19h en Fuenlabrada.