Cita

El sueño americano

29 Dic

Es un gusto ver como entre Bukowski y Henry miller escupen sobre el “sueño americano”. Miller se va de vacaciones por Grecia en “El coloso de Marusi” y esto es lo que escribe

El turco me fue antipático casi desde el primer momento. Tenía una verdadera manía por la lógica que me sacaba de quicio. Además era una lógica absurda. Y lo mismo que en los demás, todos ellos profundamente antipáticos, advertí en él una expresión del espíritu americano en su peor acepción. El progreso era la obsesión de todos ellos. Más máquinas, más eficiencia, más capital, más comodidades; he aquí su único tema. Les pregunté si habían oído hablar de los millones de personas que estaban sin trabajo en América. No me hicieron caso. Les pregunté si se daban cuenta de lo vacíos, desasosegados y miserables que eran los americanos con todas sus máquinas productoras de lujo y comodidades. Mi sarcasmo no les hizo mella. Lo que deseaban era éxito: dinero, poder, la Luna a ser posible. Ninguno quería volver a su país; por alguna razón les habían obligado a regresar en contra de su voluntad. Decían que no había vida para ellos en sus respectivos países. Estuve tentado de preguntarles: ¿Cuándo creían que empezaba la vida? Cuando poseyeran todas las cosas que tiene América, Alemania o Francia. Por lo que pude entender, la vida estaba hecha de cosas, de máquinas principalmente. La vida sin dinero era una imposibilidad: se necesitaban trajes, una buena casa, una radio, una raqueta de tenis, etc. Les dije que no tenía ninguna de esas cosas y era feliz, y que si me había marchado de América había sido precisamente porque esas cosas no significaban nada para mí. Me contestaron que era el americano más raro que habían conocido.

El pobre griego lleva consigo los residuos tirados por los ricos visitantes que llegan de todas las partes del mundo; es un verdadero internacionalista y no desdeña nada de lo que está hecho por la mano del hombre, ni siquiera los horadados toneles desechados por la marina mercante británica. Parece un absurdo inculcarle un sentimiento de orgullo nacional, pedirle fanatismo patriótico sobre las industrias patrias, pesquerías y demás. ¿Qué diferencia puede haber para un hombre que tiene el corazón lleno de luz el saber de quién son las ropas que lleva, o si son de última moda o de la anteguerra? He visto caminar a los griegos en el más grotesco y abominable atavío que se pueda imaginar: sombrero de paja del 1900, chaleco confeccionado de bayeta de billar y botones de nácar, desechado levitón inglés, arruinado paraguas, cilicio, pies desnudos, cabello desgreñado y retorcido; un disfraz que desdeñaría hasta un cafre, y sin embargo, lo digo sincera y deliberadamente, preferiría mil veces más ser ese pobre griego que un millonario americano.

Recuerdo al viejo carcelero de la antigua fortaleza de Nauplia. Pasó veinte años en esa misma prisión por asesinato. Es uno de los seres más aristocráticos que jamás me haya encontrado. Su cara era realmente radiante. La comida con la que trataba de vivir no bastaba ni para alimentar a un perro, sus vestidos eran andrajosos, sus perspectivas nulas. Nos enseñó un pedazo de terreno que había limpiado y del que esperaba obtener unas pocas mazorcas de maíz al año siguiente. Si el gobierno le hubiese dado unos tres centavos más al día, se hubiera podido arreglar. Nos rogó que, en caso de tener alguna influencia, habláramos a algún funcionario en su favor. No estaba triste ni melancólico. Había matado a un hombre en un acceso de ira y cumplió por ello una condena de veinte años; si se le hubiese planteado la misma situación, lo habría hecho otra vez, dijo. No tenía remordimientos ni se sentía culpable. Era un tipo magnífico, fuerte como un roble, cordial, alegre y despreocupado. Sólo tres centavos más al día y todo hubiera sido perfecto. Era su único pensamiento. Le envidio. Si hubiera podido elegir entre ser presidente de una empresa de neumáticos norteamericana o carcelero en la antigua fortaleza de Nauplia, hubiese elegido ser carcelero, aun sin los tres centavos más. Me pasaría también los veinte años en la cárcel, como parte del trato. Prefiero ser un asesino con la conciencia tranquila, paseando mis andrajos y esperando la cosecha del año próximo, que presidente de la industria de mayor éxito en Estados Unidos. Ningún magnate de los negocios pudo tener nunca una expresión tan benigna y radiante como ese miserable griego. Claro que hay que recordar que el griego mató sólo a un hombre, y en un momento de ira, mientras que el triunfante magnate americano está matando a cientos de hombres, mujeres y niños inocentes cada día. Aquí nadie puede tener la conciencia tranquila: somos todos parte de una gran máquina de asesinar. Allí un criminal puede parecer noble y santo, aunque viva como un perro.

— El coloso de Marusi, Henry Miller

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