Cartas al director

18 Ene

Hola amigos me incorporo a este mundo serendipitiano por casualidad pero gustosamente… Estupendas algunas aportaciones que he leído. Me gusta eso de no tener jefe, ja, ja… Javier Abad (a partir de ahora Viajer Bagdad).

He rescatado este escrito de hace por lo menos 15 años por su carácter premonitorio, casi visionario, casual, serendipitiano: vid. fotos adjuntas. El origen de tan disparatado apunte viene del encuentro casual con un albañil que perseguía con una pala a una vaca porque se había cagado en el cemento con el que estaba construyendo un muro. A los pocos días leo me entero que en no sé qué municipio no daban licencia municipal a un tipo que quería construirse su casa a su aire con materiales de lo más diversos, asunto que me enojó al comprobar la horterada generalizada que imperaba e impera en la construcción de casas y chalenes (eso sí con licencia y plácet del correspondiente arquitecto embolsador de pasta). Pero la cosa no quedó ahí, a los pocos días me entero que a un individuo asilvestrado por Sierra Nevada le cae un puro (1 millón de pesetas de multa) por cazar y comerse ( lo había hecho siempre) un lagarto que por lo visto estaba protegido. Me ardía la cabeza y no tuve más remedio que expresarlo mediante palabras…Como no me iban a publicar semejante misiva decidí mandarla a una revista de la que yo mismo era coeditor, para así tener casi la seguridad de que sería publicada…

Ahora cobra otra vez valor al descubrir a un albañil gaudiano que vio paralizada su construcción (alucinante, por cierto) y murió antes de ver concluida su obra, que espero que continúen sus nietos o biznietos. vid. fotos adjuntas

Sr. Director:

Una vez más me veo en la obligación de poner en su conocimiento algunos hechos luctuosos ocurridos recientemente en lugares cercanos de nuestra geografía y que tienen que ver con la continua contradicción de carácter antropológico entre arte, naturaleza y modos de vida.

Me refiero al comentado juicio de nuestro paisano D. Acacio Casimiro Casas por “apalear en público a una vaca avileña negra protegida”, después de que la susodicha comiera la arena y defecase sin descanso, arena con la que el denunciado preparaba cemento para construir una estancia en su propiedad… argumentando para justificar tal agresión la mala calidad de la mezcla obtenida en esas condiciones”. Revista Estiércol nº 13.

Nuestro convecino, que a la sazón no oculta su manía de tallar cualquier piedra que le viene a mano, se empeñó – en contra de la docta opinión de arquitectos, secretarios, concejales, planes de urbanismo, confederaciones hidrográficas, constructores, psiquiatras, contratistas de obras, registros, albañiles, compañías eléctricas, y un infinito etcétera., en fin, la Opinión Pública – en levantar su morada con sus propios medios, utilizando para ello todos los materiales que iba encontrando, algunos de ellos naturales y otros digamos que reutilizados, frutos del desecho comunal, extraídos de la desidia y del abandono, de la Basura, transformando algunos de ellos en dóciles esculturas de libre acceso y disfrute.

Pero lo más sorprendente de todo no son estas contravenciones a lo estipulado, defendido a dentelladas leguleyas por los representantes de las profesiones de administraciones antes reseñadas. Lógicamente actitudes como la de nuestro valeroso y admirado D. Acacio, dañarían irremediablemente el Plan Nacional de Empleo y las perspectivas de Crecimiento Económico.

No!!!, lo que deja perplejo y a la vez anima (esperemos que el colectivo que Vd. dirige también) a luchar contra la hipocresía, es la combinación de intereses inconfesables de todo tipo; personándose en este proceso desde el ecologismo radical, flanqueado esta vez por ganaderos y cazadores (en defensa de la vaca), hasta la agresiva inmobiliaria, en connivencia con las cementeras (salpicadas en el caso), participadas accionarialmente por las grandes empresas eléctricas (sector estratégico nacional defendido por el Gobierno, que a su vez ha puesto en marcha su sector de comunicaciones para informar a la opinión pública, ¡la información es un derecho de todos y tal…!).

Sorprende también la utilización del Jurado para este caso, y del interés despertado por algunas TV en la retransmisión del evento. Sorprenden los nombres del jurado: Angustias, Dolores, Ascensión, Consuelo, Encarnación, Remedios, Venancio, Restituto, Salvador, Facundo, Cándido, Silvestre… que unidos al de su Señoría: D. Máximo Severo Privado, me hacen temer lo peor y conjeturar por estos indicios lo que ha de suceder si alguien no lo remedia….

Porque estamos, Sr. Director, ante un caso de artista imaginativo que simplemente no sigue las normas establecidas, ni las del consumo, y choca, con incomprensiones manifiestas.

Sugiero Sr. Director, que se persone en la causa, no sólo con el pretexto de la defensa del que considero un “colega” amenazado, sino con la doble misión de preservar siempre la prioridad del arte frente a otras manifestaciones que aunque antropológicas no son menos espurias….

Es más Sr. Director, pienso que la publicación que dirige debería ser parte acusadora contra todo el entramado caótico, que curiosamente dice defender a la sociedad frente al caos encarnado y engendrado por D. Acacio; y como lección moral y para escarnio de muchos se haga justicia, solicitando que un representante de cada organismo implicado trabaje a las órdenes de D. Acacio, por supuesto, en la construcción de su morada y en la colocación de todos aquellos elementos necesarios para su disfrute, rodeados de carteles en los que figure una leyenda que data del Código de Hamurabi: “Si una casa se cae y muere el hijo del dueño se matará al hijo del arquitecto…”.

Porque señor director: ¿Qué hubiera ocurrido si nuestro amigo hubiera dejado hacer a la vaca todas sus quehaceres? ¿Y si la famosa especie protegida hubiera invitado a sus amistades? ¿Se habría considerado como “genocidio” la acción de D. Acacio?

Al – abad – o sea – El Señor

Iglesia1Iglesia2

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