Cita

“Camino de los ángeles”- John Fante

8 May

Buenas. Antes de nada doy la bienvenida a Nacho. He pensado que no hay mejor forma de hacerlo que con un fragmento  de “Camino de Los Ángeles” del gran John Fante que tú me diste a conocer. En este fragmento (mítico para mí), Arturo Bandini, un loser con delirios de grandeza, un escritor que nunca ha escrito nada, un filósofo sin una sola idea propia, va a pedir trabajo en la fábrica de Ford. Ahí os lo dejo, habla por si solo…

“Había un anciano apoyado en la pared. De la nariz le resbalaba un goteo que le caía limpiamente en la punta de la barbilla, pero estaba en Babia y no me daba cuenta. Me hizo gracia. Qué gracia aquel anciano. Lo recordaré para comentárselo a Franklin, le gustan las anécdotas. Querido Frank: ¡te habrías tronchado si hubieras visto a aquel viejo! Seguro que le gusta y que lo repetirá ante los miembros de su gabinete ahogado en carcajadas. Eh, chicos, ¿sabéis lo último de mi amigo Arturo, el de la Costa del Pacífico? Anduve de un lado para otro, estudioso de la humanidad, filósofo, pasé ante el anciano de nariz incontinente. El filósofo de Occidente contempla la escena humana.

            El anciano me sonrió a su manera y yo a él a la mía. Lo miré y me miró. Sonrisa. Evidentemente, no sabía quién era yo. Sin duda me confundía con el resto del rebaño. Era muy divertido, un gran deporte viajar de incógnito. Dos filósofos sonriéndose con añoranza por el destino del hombre. Estaba gracioso de verdad, la anciana nariz goteando y unos ojos azules que chispeaban con risa silenciosa. El mono azul lo cubría de pies a cabeza. Sobre las caderas llevaba un cinturón sin ninguna finalidad, un apéndice inútil, un cinturón que no sujetaba nada, ni siquiera la barriga, ya que era delgado. Posiblemente un capricho, algo con lo que bromear mientras se vestía por la mañana.

            El viejo dilató la sonrisa, invitándome a acercarme y a darle mi opinión; éramos almas gemelas, y era indudable que había visto a través de mi disfraz y había reconocido a una persona de profundidad e importancia, que estaba fuera del rebaño.

            – No hay mucho hoy –dije-. La situación, tal como yo la veo, es cada día más grave.

Cabeceó complacido, la vieja nariz goteando bobaliconamente, un Platón resfriado. Un hombre muy viejo, quizás de ochenta años, con dentadura postiza, la piel como un zapato viejo, un cinturón sin sentido y una sonrisa filosófica. La oscura masa de hombres se movía a nuestro alrededor.

– ¡Borregos! –dije-. ¡Son borregos, ay de mi! Víctimas de la santa inquisición americana y del sistema americano, hijos de puta esclavos de los especuladores capitalistas. ¡Esclavos, se lo digo yo! ¡No aceptaría un empleo en esta planta aunque me lo ofrecieran en bandeja de plata! Trabaja para este sistema y perderás el alma. No, gracias. ¿Y de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?

Asintió, sonrió, concedió, cabeceó para que siguiera. Me animé. Mi tema favorito. Las condiciones laborales en la era de las máquinas, un asunto para una obra futura.

– ¡Lo que yo digo, borregos! ¡Un atajo de borregos sin agallas!

Los ojos le brillaron. Sacó una pipa y la encendió. La pipa apestaba. Cuando se la quitó de la boca, el reguero de la nariz fue tras ella. Lo quitó con el pulgar y luego de limpió el dedo en el pantalón. No se molestó en sonarse. No hay tiempo para eso cuando Bandini habla.

– Me hace gracia –dije-. Borregos con el alma trasquilada. Un espectáculo digno de Rabelais. Tengo que reírme. –Y reí a más no poder. Él también rió, golpeándose los muslos y chillando con una nota aguda hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas. He allí un hombre con el que me identificaba, un hombre de humores universales, sin duda un hombre instruido a pesar del mono y del cinturón inútil. Sacó cuaderno y lápiz del bolsillo y escribió en el primero. Por fin lo sabía: ¡él también era escritor, naturalmente! El secreto se había desvelado. Terminó de escribir y me dio la nota.

 Decía: Por favor, escríbelo. Estoy sordo como una tapia.

No, no había trabajo para Arturo Bandini. Me fui sintiéndome mejor, contento por ello. Volví deseando tener un aeroplano, un millón de dólares, deseando que las conchas marinas fueran diamantes. Iría al parque. Todavía no soy un borrego. Lee a Nietzsche. Sé un superhombre. Así habló Zaratustra. ¡Ah, Nietzsche! No seas un borrego, Bandini. Defiende la santidad de tu espíritu. Ve al parque y lee al maestro al pie de los eucaliptos.”

 

“Camino de Los Ángeles” (John Fante)

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