SUCESO DECESO DE VERANO

30 Jun

SUCESO DE VERANO

Ahora que llegan los días de verano luminoso, me acuerdo de episodios tórridos de la anterior canícula…

Dedicado a Ana, Miguel y Dani, exiliados serendipitianos.

En uno de esos días tórridos, vino a comer a casa un amigo, a la sazón geólogo buscador de petróleo en la selva peruana a cuenta de REPSOL. Anarquista confeso, con preocupaciones humanísticas, algo raro entre nuestros científicos actuales. Estaba ocupado a la par de las prospecciones, en un libro sobre la guerra civil en el valle del Tiétar, y en uno de sus capítulos quiere demostrar que las zonas ocupadas por los franquistas (el Tiétar, una de ellas) no fueron un remanso de paz (de cementerios, si acaso) ni de doblegamiento de los conquistados. Es más, recoge pruebas de una incipiente actividad guerrillera, que a la postre duraría hasta casi finales de los 50’.

En esas me dice que hay un episodio que certifica sus afirmaciones: un atentado a una central hidroeléctrica en La Adrada, allá por  1938 (Central, por cierto, que perteneció y pertenece a la familia de la ilustre vicepresidenta Dª Teresa Fernández de la Vega), y que si le hago el favor de buscar una partida de defunción de un individuo en esas fechas, para aportarlo en su libro, ya que él marchaba al día siguiente al Perú.

Me presto en seguida, quizá por los vapores de alcoholes y calores, sin pensar en las consecuencias que esta acción fraternal supondría…

No sé si la resaca de Sito y Guille, presentes en la citada comida, les permitió procesar totalmente los detalles de aquella conversación…

A la mañana siguiente, lunes de calores, me dirigí temprano al Ayuntamiento para realizar las pesquisas necesarias…

-Buenas, que venía a…certificado de defunción y tal…

El circunspecto y altivo funcionario (Paco el “alto”, mitad dromedario-mitad jirafa, absoluto dueño de su dependencia) me mira displicente desde su atalaya, y quizá para probarme, me espeta:

– Ya. Pues no sé yo si esos archivos estarán ordenados o si acaso existirán

En eso que entra el Alcalde, notable paquidermo de cara enrojecida (alcoholismo rural). Me presento y le comento el asunto que me trae.

– ¡No será para eso de la Memoria Histórica!

– Bueno, todo lo pasado es historia, incluso Vd, será Memoria Histórica. Le respondo irónico pero halagando su vanidad. – Además este certificado es de uno del otro bando, precisamente.

– ¡Ah!

Como no está del todo convencido le recuerdo mis inevitables aportaciones a la historia local y comarcal en mis sesudos trabajos y le comento que en ese instante estoy trabajando sobre unos documentos de 1860 donde aparecen casualmente unas relaciones de minas de plata, Minas con material argentífero (galena, plomo argentífero y pirita arsenical): La Dolorosa, Felicidad de los pobres, Soledad, Esperanza, La Sobresaliente, Estrella de Oro, California, Santa Bárbara, La Elvira, Abundancia Castellana, La Carolina, Nueva América, La Fortuna, Bella Enriqueta.

Nombres que nos generan a ambos una pequeña sonrisa contagiosa. El paquidermo no sale de su estupor pero veo que en sus acuosos ojos vacunos se empieza a dibujar claramente el símbolo de Tío Gilito (€).

– Y ¿Dónde están esas minas?

– Lo ignoro de momento. Pero todo se andará.

– Muy interesante, ya me contarás los resultados ¿noo? ¿€€€€?

– Of course. A las órdenes de vuestra excremencia y tal….

Con este breve apunte, da órdenes al diligente funcionario para que me expida el dichoso certificado. Este aún sigue rumiando excusas: en definitiva me tengo que esperar a que el Juez de Paz, que llega a última hora de la mañana, me lo firme.

– Pero ¿lo podría consultar previamente?

– Sí hombre, sí. Contesta el paquidermo, ya sudoroso, bajo la mirada reprobadora, pero servil del dromedario.

12 a.m. aproximadamente. Una vez comprobada la partida de defunción susodicha y ante la promesa que sobre las 13 ó 14 a.m tendré la firma, abandono las dependencias municipales.

Ya a la salida sufro un pequeño golpe de calor, supongo que producido por el contraste al salir al exterior de las lóbregas dependencias. Decido cortar por lo sano tomando una cerveza en la Churrería, bar próximo, y esperar un rato para terminara el encargo.

El dueño del bar ((Miguel) es un exyonky, expresidiario, expiloto de carreras en su buga-cunda buscador de cocaína (le cortaron un pie después del último accidente), al que acompaña en soledad compartida otro individuo (enjuto, con coleta y pendiente) del que he olvidado su nombre, que, al cabo de un rato, calculo que 2º botiquín, se confiesa exlegionario y también expresidiario. Se añade un tercer individuo (Fernando), este con aspecto de lagartija cansada, tatuado de cabo a rabo, confiesa que acaba de salir del “maco” donde ha pasado 4 meses y nos cuenta las desnventuras que ha tenido con la mafia “panchita” sudamericana, según él son los más peligrosos porque para ellos la vida vale menos que un cigarrillo

En ese ambiente, ya creo que el 4º botiquín, hablamos del trasiego de sustancias prohibidas a través de todo tipo de vallas y barrotes (Cárcel Modelo de Barcelona, Soto del Real, frontera de Melilla y Nador, etc.). Yo aporto mi modesta contribución con anécdotas canarias en el servicio militar.

El ambiente ya está denso dentro porque Miguel ha cerrado ya el bar con nosotros dentro, ante la imposibilidad de salir más veces a fumar con el solitrón de cara.

Al 5º ó ya 6º botiquín se incorpora algún qué otro porro mañanero que me indica que quizá no he desayunado suficiente,

Ya en el 7º botiquín llama a la puerta Laura, de edad indefinida ¿y sexo?, alcohólica de vinos blancos, que es admitida en el grupo aunque con algún reparo.

No sé por qué, pero le inquiero sobre su perrillo, chucho feo donde los haya, que siempre la acompaña y hoy no. ¡En qué hora!

Pues me comenta que su “perra” ha sido operada hace unos días de una hernia o algo así. Y sin que de tiempo a la protesta saca presurosa el móvil y me incrusta en los ojos el destripamiento en custión, la extirpación de la hernia, ¡LA OPERACIÓN!

El efecto no se hace esperar, y ya en el 8º botiquín, creo, me sobreviene un amarillo que requiere un botiquín de verdad. Bajo a duras penas las profundas escaleras que me conducen al “tigre” donde arrojo la hernia del perro y casi una mía. Escalo o trepo o repto, no sé exactamente, las escaleras y descompuesto me despido de la amena charla y correoso grupo, que protesta mi salida calificándola de deserción etílica. Balbuceo excusas con el certificado de defunción, que asombran a los asistentes y me dan vía libre, no sin antes pagar la última consumición.

La salida al exterior no puede ser más confusa y nefasta. Sufro un potente flash solariego y un segundo golpe de calor que me precipita a la cueva ayuntamentil cercana. Allí me encuentro con el dromedario que está atendiendo a dos moritas enfundadas. Me desplomo en un asiento hasta que acaba la atención inmigratoria.

– Que venía a por el certificado. Él muy alto, yo desde abajo.

– ¿nombre?

– Francisco Javier Abad Martínez

– Mira en la carpeta de salida de documentos oficiales e incrédulo dice: – Pues no está.

– ¿Cómo que no está? Si me dijiste que lo firmaba el Juez.

– Ah. Pero ¿Vd. Qué certificado pide?

– Pues el de esta mañana el de la partida de defunción de 1938.

Risa dromedaria y consternación mía ante el equívoco.

– Como me ha dicho su nombre…

– Hombre, no voy a venir a pedirte mi certificado de defunción in person.

– Ya, ya. Nueva risa, esta vez jirafística que me hace ver hasta las muelas del juicio final.

Vuelve a mirar en la carpeta.

– Pues no está-

Flipe y estupor.

– Aunque…se le enciende una luz,,,puede que haya salido para Correos porque Vd ¿qué dirección puso en la solicitud?

– Pues la mía, la de Madrid.

– Entonces seguro que la hemos mandado con el correo saliente.

Nuevo estupor. Ante mi desazón y abatimiento, mueve las pezuñas y se apiada…

– Puede que exista una solución. Vaya a Correos si no han cerrado y vea si le pueden dar la carta.

Salgo presuroso hacia Correos, mientras en el trayecto sufro un 3º ataque de calor que me obliga a arrastrarme por las sombras ya casi pegadas a las paredes verticales. Cuando llego a Correos, efectivamente está cerrada la puerta. Diossssss.

Pero al girarme, ya en la desesperación, descubro a la funcionaria en el coche. La abordo miserablemente y desencajado, con cara de súplica y de suplicio le explico…

– Mire quería una carta que ha salido del Aytº a mi nombre en dirección a Madrid, pero yo estoy aquí y quería recepcionarla.

Observa en la carpeta y comprueba su existencia, pero me mira decepcionada,

– Es que ya está sellada y con registro de salida y tiene que llegar a su destino.

– Pero si va dirigida a mí

Le exhibo mi documentación, no sin nerviosismo porque se me desparrama en el suelo de la calzada el contenido de la cartera…Y le comento que podría ir con la carta hasta Madrid para allí recogerla yo mismo y luego volverme a La Adrada con la carta ya recepcionada en el lugar obligatorio.

Semejante aserto, lejos de contrariarla parece que le hace gracia y por fin busca una solución que me repite que es ilegal y que le puede costar el puesto.

– Está bien, tendré que avisar al compañero de la central de Madrid para que le dé registro de entrada aunque no haya llegado la carta. Menudo follón, espero que no me ponga pegas.

Finalmente me entrega la carta que guardo celosamente debajo de la camisa, donde queda pegada al cuerpo sudoroso ya en el 4º golpe de calor. La conversación se ha desarrollado bajo un sol de plomo, pero también de justicia.

Logro llegar al coche y me dirijo a casa confundido, borracho, descompuesto, pero al mismo tiempo feliz por haber realizado tan importante misión y pensando en Kafka y en los servicios municipales y de correos.

Al llegar a casa me desplomo en el sofá exhausto, quizá exangüe, y sin comer, me quedo sopa hasta las 5 ó 6 de la tarde.

Ufffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffff

Nota final y posdata: Por fin se ven recompensados mis desvelos cuando aparece en la cita al pie de página (301) de la publicación del 50º Aniversario de la Institución Gran Duque de Alba (Tomo I), del meritorio artículo del exiliado José Mª González Muñoz:

Cuya causa de muerte, según partida de defunción en el registro civil del ayuntamiento de La Adrada fue por “lesiones producidas por disparo de arma de fuego” el día 11 de julio de 1938 (Agradecemos la colaboración de Francisco Javier Abad Martínez quien amablemente nos gestionó el acceso a este documento).

 

Ya puedo descansar en paz yo también

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