Libro busca estantería

19 Abr

LIBRO BUSCA ESTANTERÍA…

y la encuentra a pesar de estar a punto de morir calcinado,

las cosas de la serendipitialidad no tienen límites.

Cada cierto tiempo resulta conveniente limpiar, pues muchas veces los árboles no dejan ver el bosque. Aunque otras veces la limpieza se convierte en un asunto de supervivencia, ¡ya no cabes ni tú!. Y te llevas sorpresas de los objetos y asuntos guardados, que alguna vez, por lo visto, fueron importantes para ti.

Aún así no se vacía todo ¿a que no? Hasta la siguiente…Te da pena, piensas que ahí está parte de tu identidad y esas cosas…que luego no vas a tener recuerdos. Y piensas que si lo tiras, luego te vas a arrepentir por si llegas a necesitarlo.

 ¡¡¡Porsiaca!!!.

Conoces desde antiguo mi inclinación urraqueña por recoger aquellos objetos brillantes del suelo: tornillos que buscan tuercas, escarpias que buscan cuadros, llaves perdidas que nunca abrirán puertas; o mi devoción por los papeles manuscritos en el suelo del metro, las octavillas de videntes, o cajones de madera de las basuras…objetos, que si se tiene paciencia, terminan encontrando amigos, o su destino, en un extraño maridaje.

Pero los objetos ¿tienen vida propia? ¿se buscan sin necesidad de la voluntad y aportación humana?…No hay  bien sin mal, ni se entiende el blanco sin el negro, ni existe el norte sin el sur, la acción sin la reacción. Sin embargo, hasta que se engarzan, se encuentran, llevan una existencia aparentemente plácida, pero insulsa a la vista del observador, que inconscientemente llega a unirlos; a veces de forma desfavorable, pues el componente estético resulta indispensable en la unión marital.

Ya defendía estos principios sobre la vida de los objetos (Das Arbeitsleben der Objekte) el Dr. Eingang Ausfahrt en la Universidad de Salzburgo, cuando en encendidas epístolas con Wolfgang Amadeus en 1784, sostenía que las notas musicales, en una ecuación estético-aritmética, fluían sin cesar en el espacio hasta la cabeza del compositor, que las trasladaba al pentagrama. El Dr. Frank Mesmer, en aquel preciso momento, establecía el éter como sustancia que ocupaba el vacío donde las cosas fluían (o sea, la materia oscura, de la que parece que pendió y pende el universo), dando así comienzo al desarrollo del magnetismo y el hipnotismo.

Septiembre y Octubre son meses propicios para la mudanza. Coincidiendo con un par de jubilaciones recientes se decidió dar una batida en el departamento, desechando aquello caduco o carente de interés y procurando dejar lo aprovechable, salvando a veces lo insólito o incomprensible (me refiero a una piedra a modo de martillo para clavar algún clavo, por si acaso); videos sin aparato que los reproduzca; exámenes amarillentos del año catapún; apuntes incomprensibles de gentes ignotas; cds de sistemas operativos caducos; etécera, etécera.

Uno de estos objetos que corría inexorablemente hacia la rebosante papelera fue un extraño ejemplar de TESIS DOCTORAL en papel copia azulado y forrado de tapas de cartón rojas de los años 70’ sobre la “terra sigilata” (tejas romanas) de la ciudad imperial de Valeria (Cuenca): “La sigilata de Valeria en el Bajo Imperio”, creo recordar.

Y hubiera corrido esa suerte, la de haber ardido en las llamas del infierno, si no se hubiera desprendido una carta de su interior dirigida desde el Instituto Arqueológico Italiano hacia un tal Jorge Sánchez Lafuente (nombre que en principio no me sonaba de nada), en la que le renovaban un permiso de excavación y demás historias. La dirección remitía a una calle de Guadalajara, mi ciudad natal. Preso de la curiosidad, inquiero sobre la pertenencia señalada, y la contestación que recibo tras mucha insistencia es que probablemente el rojo ejemplar perteneciera a Sánchez Gijón (padre de la famosa actriz) que deambuló sus huesos por ese departamento, y que por lo visto era un devoto de la Arqueología y la Historia Antigua.

El caso es, que no sé por qué, se salva de la quema (en realidad lucha para no caer en la papelera) y lo llevo a casa para hojearlo más adelante, cosa que hago sin más emoción, reproducción dibujada de cada teja y texto supercientífico adornando cada facie.

Pasado el tiempo, un día de invierno lluvioso en el que voy con mis amigos a La Adrada en tareas hortelanas, pienso en la posible utilidad de la tesis científica para animar las llamas de la hoguera que pueden tener esas hojas tan sedosas. En efecto, hojas y palos mojados no prenden suficientemente bien y echo mano del tomo. Les cuento a los colegas el hallazgo y se enciende la luz, el tiempo se detiene:

-¿Jorge Sánchez Lafuente? Pero niño, si es Giorgio, que vivió con nosotros durante un tiempo en la casa de Bretón de los Herreros…

– Ostia, Giorgio, ya, ya…compañero de cole y ya iniciado en la antigüedad desde pequeño, su padre, funcionario de Correos, era un gran coleccionista de sellos…

– Precisamente esa tesis se escribió en una máquina que le dejé y que nunca me devolvió…

– Sí, sí, en alguna noche de delirio le amenazamos con tirarle las piedras sigilatas…

– Ja, ja,ja, ¿recuerdas que se rompió un brazo?. Precisamente el día que le quitaban la escayola le llevé con la moto al hospital de…Reina Victoria…

– Nuestra Sª del Loreto, el seguro médico de estudiantes.

– Pues después de quitarle la escayola subimos a la moto y arranco sin haber desbloqueado el manillar, con lo cual los dos al suelo…

– No jodas¿¿¿???

– Calla, calla…con tan mala fortuna que se vuelve a romper el brazo…

– Increible

– Pues vuelta a entrar y vuelta a escayolar...

En esto que aparece el Dr. Chavarría cuando estoy a punto de arrancar las primeras páginas para avivar el fuego, ya decrépito, animado por ver las tonalidades azuladas y verdosas que seguro aparecerían con la ignición devastadora.

.- ¿Farenheit 451?. Nazi cabrón, lo único que no se puede quemar son libros y discos…

.- Coño, pero si es un estudio sobre Valeria ciudad imperial romana donde las haya…

– Ya, ya, pues iba a ser pasto de las llamas.

.- Ni de coña. ¿Me lo regalas?. Muy interesante, lo leeré con atención.

– Of course my brother, faltaría más.

Una sensación de alivio me recorrió de arriba abajo. Se borró de mi mente el rótulo de “Criminal anda suelto” por el de “indultado”.

Hoy día ocupa un lugar preferente en la estantería del Dr., con otros libros rescatados de alertas y temporales.

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